La noche eterna

NUEVA ENTRADA

La bruma incierta se paseaba a tientas en la oscura colina del mañana. Allí, el futuro bailaba a las sombras nocturnas de un porvenir desierto, colmado de los vagos errores de reyes antiguos. Donde las tenues pasiones se escondían tras la alta corona, en los diamantes cristalinos que ocultaban un corazón débil.

La noche asemejaba sus miedos rotundos, esos que durante años yacían en un subconsciente dormido. Arraigando los males terribles que la oscuridad acarreaba, heredaba un reino moribundo, en el que un incesante aleteo negro auguraba los males profundos que durante años se aclamaban.

Aetios acaba de conseguir la mayoría de edad, y con esta, adquiría ese maltrecho trono que su padre legaría a su único retoño. Su madre había llevado la regencia con el honor de una imponente reina, una que no concebía la debilidad femenina como un mal, sino que al contrario, osaba llevarse en lo alto sin dejar que nadie otorgara dudas a su maravilloso mandato.

Los años duros se avecinaban en el clamor de la noche eterna. Las sombras se sumergían en las bastas tierras del futuro, era Aetios quien prometía la lucha inmortal en busca de la ansiada luz para su pueblo.

Un escarabajo se posaba en la ancha mano que sostendría el cetro, sus ojos cansados, asustados y tal vez un poco humillados, no ansiaban la responsabilidad que hasta hacía tanto concebía en manos de su protectora. Ahora se convertía en un hombre, y no en uno que podía acarrear sus fallos a la inexperiencia de la edad, sino en un rey del cual dependía una nación entera.

Helia colocaba la enorme capa sobre los hombros del futuro rey. La lúgubre mañana anunciaba la tormenta y los redobles divulgaban la pronta coronación. Aetios vislumbra el mañana con el miedo del vértigo ante lo desconocido. Su madre había desempeñado el papel con el rostro en alto, a pesar de sus detractores, de los enemigos de la corona, de las críticas, había actuado como una reina.

Ahora sobre sus hombros pesaba el deber de igualar la regencia de su madre. Aquella mujer, ahora envejecida, había sido tan hermosa y odiada, llevaba el poder como una obligación severa de la que nunca osaría separarse, casi olvidando que existía. Porque para ella su interior se hallaba muerto, no existía otra cosa que su hijo y la obligación por cumplir con su pueblo.

Los gritos y las aclamaciones se extenuaban entremezclándose con el aire cálido del verano. Podía apreciarse aclamado ante unos súbditos que con seguridad le culparían de sus males al día siguiente.

Pero no podía renunciar, no podía fallarle a ese padre que no conoció, y aún menos a esa madre que se olvidó de vivir, solo por él. Aunque el miedo se agazapara en su garganta, aunque el corazón retumbara en su pecho mudo, no tenía otra elección que la del deber.

Su madre entrevía aquellas dudas reflejadas en su juvenil mirada. Lo abrazó como nunca hacía, en un momento amargo en el que las lágrimas acudían a sus ojos intactos. La debilidad finalmente se concurría en ellos.

-La corona, lejos de parecer otorgar una vida de lujos y excesos es una cadena que os atará de por vida – Susurró con la calma del viento – Nunca entenderéis como os halláis condenados por una flamante sangre azul hasta que ellos aclamen vuestra cabeza

“Así funciona esto, hoy glorifican el nombre de un rey que promete una nueva era. Mañana suplicaran vuestra cabeza en una pica como trofeo a sus penurias.

Aetios cumplía con una dinastía de más de trescientos años, el apellido sagrado ahora conllevaba un reino entero a sus pies.

Allí el pueblo se amontonaba hasta lo lejos, muchos entornaban los ojos ante la nueva vista de un soberano, finalmente aquel niño feliz se alzaba como un hombre y como una respuesta a la hambruna que los azotaba.

Aquellos eran días lúgubres marcados por la visita de la muerte. Los hombres andaban como sombras inertes a la espera de un destino ciego. La lucha invencible por ampliar el imperio había dado pérdidas severas que llevarían a cuestas durante años.

Las mujeres eran testigos de sus mermadas familias, besaban a sus hijos y esposos  poco antes de partir a una guerra inútil, con la consciencia de las pocas posibilidades que existían para volver a verlos.

Y sin embargo, allí se reunían clamando por un desconocido. Aetios lo sabía, conocía los males que sufría su gente, su padre, en un arranque de melancolía febril, había desatado la guerra interminable que le quitaría la vida. Solo la reina pudo mantener la fría discordia que se extendía entre el pueblo para darles razones suficientes de lucha. Una lucha que durante los primeros años parecía justa y despertaba el sentido patriótico que henchía sus pechos de falso orgullo.

El rey se debía a ellos, a esa gente sin rostros que lo veneraban. Se debía a sus necesidades, a sus miedos. ¿Podría mantener la postura de su madre y permanecer impasible ante las muertes que perforaban en lo hondo de su nación? Era la pregunta que flotaba en los labios agrietados de un pueblo cansado.

¿Por qué él vestía a gala con una flamante corona repleta de joyas? ¿Acaso no era la imagen de esos hombres que ahora no tenían pan ni para llevarse a las bocas? Sí, era su imagen, pero tenía que mantener el reluciente esplendor de un imperio devastado.

Él ya no podía devolver a su gente lo perdido durante los eternos años negros. Pero podía dar el ejemplo como no lo había dado ninguno de sus antecesores. Tampoco podía hacer retroceder las tropas, tantos años de lucha, para volver como unos cobardes sin tierra solo le granjearía el odio de su gente. La muerte y la pérdida no podían ser en vano

Aetios marcharía a la guerra como un soldado más. Se plantaría en el frente de batalla y lucharía hasta que la vida escapara de sus manos.

El rey se alzaba imponente prometiendo finalizar la noche eterna, eran días oscuros y difíciles, su corazón se debatía ante el inmenso deber al que honraría desde entonces. Con el cetro en mano se coronó como la promesa de un nuevo imperio, con palabras quedas no pudo menos que agradecer a un pueblo maltrecho y casi abandonado, poco o nada diría, esperaba convertirse en un hombre de hechos y no de falsas promesas. El reino levantaba ante la expectativa del nuevo monarca.

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