El imperio de las sombras

nueva entrada septiembre rooooja

La noche turbia era observaba bajo la penumbra  en el manto inaudible del adiós. La ceniza caía convertida en leves gotas de cristal, mientras la muerte se paseaba a tientas, visitando los vagos sepulcros del olvido, convidando el presagio atroz de sentirse vivo. La ciudad de las tumbas se acobijaba a la nieve disoluta, en el frío invierno que acontecía, sus pesares se arrastraban bajando la colina.

Helena caminaba arrebujada en su ancha capa roja. No tenía sentido del momento, deambulaba como una vaga sombra, como un soplo de aliento perdido. Si era día o noche, no lo sabía, y pese a la oscuridad absoluta, no podía asegurar qué buscaba allí, en medio de la nada, rodeada de la miseria absoluta de una vida llena de muerte.

Sus pasos, acompasados al silencio, se disipaban entre las estrechas callejuelas de una ciudad perdida. Los ojos sin vida la observaban inertes desde las viejas ventanas rotas, allí la vida recordaba a la muerte, como un paso inevitable por atraerles los trágicos destinos que sin valor alguno merecían. ¿Era ella una pieza rota que navegaba a tientas? No. Era una flor arrastrada por el aliento del dulce viento. Era el agua que volvía a su cauce.

Su mirada divagaba ante las altas ruinas de una nación que creía viva. La oscuridad maligna se ocultaba en las llanas paredes de un palacio a las sombras de la noche.

Helena volvía a ese punto en el que una vez se sintió oprimida.

Siete noches habían bastado para barrer con las luces del reino. Sembrando el miedo entre los habitantes. La muerte, implacable e ineludible, llegó en sus altos corceles negros, dispuesta a sumir en la noche silenciosa a aquellas almas que ahora le pertenecían.

Y el gran imperio de las luces se vino abajo. Un pueblo adormecido, que hasta entonces solo conocía la benevolencia de hombres entregados a la justicia, ahora se sometía a la miseria esparcida por los jinetes de la muerte.

Las calles se consagraron en el odio a una monarquía injusta. Se clamaba por un rey desconocido que pasaba horas a la expectativa de su gente. La sangre colmaba las plazas abarrotadas de cuerpos inertes, el llanto se extendía conmovido entre el olvido y la melancolía, como la dulce tonada que acompañaba las noches eternas de la muerte.

Helena observaba como un pueblo se volvía en contra de su rey. Su padre, un hombre bueno de amplio carácter moral, acaecía ante las duras circunstancias que adormecían a la ciudad. Ella, conmovida y casi sin comprender la gravedad de la situación, se empeñaba en hablarle de tiempos mejores, de la gloria eterna en la que se levantaría el imperio.

Pero, aquellos días mejores no llegarían. Y el rey no volvería a ver la luz del día.

La dulce niña que tanto adoraba a su padre, fue testigo del murmullo entremezclado de la muchedumbre clamando su nombre. El horror se mezclaba en las altas torres del inmaculado palacio, entre las súbitas lágrimas que no podía ocultar su madre, en el temple de acero que se empecinaba en mostrar su padre. Hasta que el tiempo fue parte de la quietud y el silencio, una sutil despedida se dibujó entre ellos.

-No dejéis que os vean, y por nada del mundo salgáis de vuestro escondite – Fueron las últimas palabras que le dijo acompañadas de un rápido beso.

Entonces el mundo dejó de ser mundo para ella. Los guardias se volvieron contra los reyes y el pueblo finalmente subió la alta escalinata de mármol, y aquel hombre bueno y decente, murió al tiempo que su esposa, condenados en una fría y lúgubre celda.

Helena se convirtió en un alma gris que penaba en un mundo llevando a cuestas el dolor de vivir. Era una pieza vacía rodeada de la nada, tras la muerte de sus padres logró escapar llevando los dolorosos recuerdos del ayer. Se había prometido no volver nunca a esa ciudad de muerte y desidia, se había jurado no volver la vista ni recordar los gritos moribundos que por las noches le impedían dormir.

Pero el reino se hallaba condenado al conjuro de la oscuridad infinita. Y allí, donde creía alcanzar finalmente la luz, la muerte le seguía los pasos cautivando con tenues cenizas, reconquistando los prados rotos, plagando de tristeza y miseria los lugares recónditos donde el corazón de Helena esperaba encontrar la paz eterna.

Helena volvía convertida en oscuridad de su propio fuego. Las tumbas yacían a la luz de la luna roja, reflejadas en el espejo de cristal que las consumía en el silencio absoluto de las sombras moribundas. Ansiaba recorrer aquellos parajes que de niña creyó mágicos, aquella triste ciudad a la que una vez osó llamar hogar.

La nada frecuentaba sus pies desnudos, que rozaban en el acorde mutismo los restos de un pueblo desolado. Los hombres, consumidos en la espera, la observaban como un tenue resplandor.

El sepulcro desierto aullaba su nombre desde el alto palacio blanco. Sus muros acontecían las dinastías pasadas, las coronas trágicas qué como sus padres habían sufrido un destino temido.

Pero allí se alzaba ella, como la promesa del porvenir, como el aliento fresco de una tibia primavera.

De su capa extrajo una vela blanca. Era la refulgencia que durante una eternidad no frecuentaba aquellas tierras. No sentía miedo a la muerte, con gusto perecería bajo el manto acobijado anhelando reencontrarse con sus padres.

Era un alma valiente que desafiaba la oscuridad perpetua, aquella vela que ahora sostenían sus manos procedía como una profecía temida y ansiada. Helena sostenía el manto, lo acercó a las llamas, dejando que las brasas consumieran la brecha que se extendía ante ellas.

Recordó la voz de su padre e intentó aferrarse a ese místico sonido, a ese breve presente que sonaba tan lejos. Recuperaría su imperio.

La agonía del momento y la melancolía de toda una vida se encontraban en un instante desafortunado. Un llanto silencioso era barrido por el viento ligero, mientras las nubes negras se aglomeraban amenazadoramente. El fuego ardió, y con él volvía la luz a un reino roto, a un imperio desafortunado. A Helena aún le quedaban muchas luchas por librar, su aguerrido corazón demostraría el temple digno de una reina, sin miedo lograría alzar aquellas glorias derrumbadas al poder de la oscuridad.

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