La piedra de las arenas

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La luna se alzaba en su imponente lecho de noche oscura. Perfilando el rojo horizonte en la caída de los héroes, en el retumbar ajeno de sus álgidos corazones tocados por el  frío lecho del adiós.

La sangre corría a raudales sobre los cuerpos inertes de cientos de compañeros, aquella batalla asemejaba  la sangrienta guerra tras la marmolea tristeza en su piel de terciopelo, casi podía alcanzarla, casi lograba acariciar ese pequeño trozo de cielo. Y cuando creía conseguirlo, la muerte tendía los brazos sobre su cuello, lo sepultaba ante el clamor de las lágrimas de hielo.

Y es que en el blanco palacio de piedra, los valientes vivían en la eternidad. Resguardados al calor de la noche injusta, saboreando el delicioso vino de la muerte.

Edmod se mecía en sus vagas ensoñaciones al tiempo que rozaba el leve puño de su espada. Recostado sobre la enorme entrada, aguardaba la repentina aparición de su reina. Esa vil y dulce mujer bautizada como diosa, se vanagloriaba en su mística pureza, en el bien ansiado que aguardaba en su pequeño pecho de niña.

La dulce criatura, convertida en princesa, se aproximó llevando a cuestas el enorme vestido de oro. Tras la sutil seda brillaban sus ojos cansados empañados por el dolor. Su noble caballero cerró la marcha siguiendo de cerca aquellos pasos de cristal.

Amira conservaba el aplomo de un apellido, y el peso de una corona muy grande para sus nervios. La conocía, no solo como la soberana inalcanzable que podía ser, sino como su ama y señora. En cuanto una sola palabra salía de sus labios, Edmond movía la tierra y el cielo para que esa voluntad se cumpliera.

 La espera infinita se paseaba en los anchos muros del elegante palacio. Sus habitantes marchaban acobijados al susurro incierto, al miedo grácil que palpitaba en sus gastados cuerpos de acero. Mientras la reina se alzaba en las sutiles promesas, esas nobles palabras carentes de profundidad, acunaban sus sueños, llevados por el martirio de lo eterno.

¿Y cómo podía él, detener el retumbar de su pecho tan solo verla aparecer? Era magia negra encausada en su endeble corazón. La hechicera conocía el secreto, se veía reflejada en los sueños de su fiel caballero, y sin más que una pizca de agradecimiento, recurría a él conociendo las debilidades de su fiero temperamento.

En la sala de los espejos aguardaban al menos una docena de invitados. La corte de la última princesa se alzaba en el mayor esplendor de una guerra. Y es que Amira llevaba a sus anchas la pequeña responsabilidad que debía soportar. Sí, el reino era importante y su pueblo también. Pero la gloria de su nombre, el esplendor de su corte, eran cuestiones de suma importancia a considerar ante todo.

Los hombres se pusieron en pie tan solo verla entrar, no faltaban las reverencias, que a los ojos de su sirviente eran más de favor que de verdadera ceremonia. Y es que para Edmond nada escapaba a su atenta mirada. Encargado de la seguridad de su soberana, mantenía los sentidos ante la expectativa, no dejaba de recordar los intentos fallidos por darle muerte, lo que no contaba ninguno de aquellos simples mortales, era que su reina, la hermosa y devota Amira, personificaba a la muerte misma. Tantos habían de caer bajo su poder, y tantos otros ya habían probado el regusto amargo de sus crueles decisiones.

-Majestad –Exclamó uno de los hombres tan solo verla posarse en el trono de mármol – Debemos persuadir a los reyes del sur, si se desata la guerra, contarían con enormes ventajas sobre nuestra armada.

Un simple bostezo bastó para acabar con la intervención. Y es que a la soberana poco o nada le importaba los consejos o toscas recomendaciones de la corte, al fin y al cabo la corona descansaba sobre su cabeza, y ellos eran simples piezas rotas destinadas a aclamarla hasta el final de los tiempos.

Para la reina, la guerra era inminente. Y aunque no poseía a los guerreros más diestros ni la armada más importante, contaba con la piedra de las arenas, o el menos eso deseaba creer ella. En el fondo, Edmond ansiaba que la guerra no se proclamara, aún con la extraña piedra mágica, su majestad tenía las de perder.

El consejo duró lo que un largo suspiro podía durar, y en cuanto Amira sintió el agobio de no verse respaldada por su séquito, pidió que abandonaran la corte.

Él la podía observar consumida en la nada, con su verdadero rostro, débil, marcado por la tragedia. A él no podía engañarlo con el temple y las mentiras que adornaban sus discursos.

-Es un mundo de hombres – Suspiró sentada con la espalda rígida y la mirada perdida –Hecho por hombres, custodiado por hombres, dominado por hombres,  y en este, una reina no tiene cabida.

En esto él no podía debatir, y aunque tuviese la razón, aquella reina era la noche oscura consumida, era la muerte, y hasta el hombre más poderoso debía redimirse a la muerte en el final de los días.

-Si tan solo pudiese conseguir la maldita piedra – Volvía a volcar su frustración en un objeto desaparecido hacía siglos – Podríamos despertar a los gigantes de piedra y así…

Volvía a dejarse vencer por el miedo. Amira se parecía tanto a su padre, ese viejo rey que se consumía entre sueños idealistas que nunca tomaban forma. Ahora ella, acontecida a la soledad, buscaba enaltecer su nombre, conservar el esplendor de otros siglos y contribuir a los sueños que su padre una vez albergó.

La piedra era un elemento por el que muchos reyes habían enloquecido. Ya fuese en su búsqueda o en su poder, la piedra acababa por su consumir las fuerzas, sumiendo a su poseedor en la miseria de las ansias.

Y ella ansiaba con las ganas de una locura mística. Solo por afianzar su poder, solo por apreciarse como la reina indiscutible del más grande de los imperios. ¿Y quién podía negarle el placer de convertirse en la más grande de las reinas?  Solo ella conocía sus verdaderas debilidades, solo ella podía concebir un futuro ideal en el que finalmente alcanzara el cometido de su absurda voluntad.

Pero él no alcanzaba a mirar las lágrimas dibujadas en sus ojos de hielo. Y aunque ella pudiese convertir su corazón en el tenue cristal del olvido, su caballero alzaría con dignidad su espada en contra de quien osara retarla. ¿Y no trataba de eso el amor? De una lucha desmedida entre el corazón y la razón, de ese apático deber de quererse aun sabiendo que no lo merece, de ese regusto amargo  poco correspondido pero con tan solo un aliento se puede tocar el cielo.

De eso iba el amor, Edmond nunca había amado a nada. Pero su reina era el sol y las estrellas de su cielo, y solo por esto, solo por esa diminuta sonrisa forjada en ella alcanzaría la piedra. Solo por verla triunfar y convertirse en reina.

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