La espera de Claus

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Los días de guerra se iban como una sombra rotunda. Las familias aguardaban a los hombres moribundos, esos héroes gastados con los rostros cansados, esos hombres valientes que mantenían la lucha injusta en pro de sus ideales, o los de tantos otros por los que pugnaban defender.

Eran tardes de lluvia, tardes de llanto. Los niños esperaban las ansias de esos padres imaginados, muchos de ellos, tendidos al pie de las montañas, otros, nunca regresarían. Entre tanto, la guerra permanecía en el silencio de sus gargantas, impasible y ajena a la perpetua desgracia.

Claus había sido testigo de la amarga y triste despedida de su familia. Contando con la fortuna de ser un niño, su padre y hermano tomaron un pequeño baúl, le otorgaron un frío abrazo y marcharon destinados a un nuevo batallón. La paz debía garantizarse en el norte, era una zona árida en la que la guerra aún no alcanzaba a llevar la muerte por absoluta decisión.

Pensando que el absurdo conflicto bélico tendría los días contados, Claus se despertaba al alba para sentarse a la entrada de la ciudad. Allí permanecía hasta que el frío de la noche lo obligaba a volver a casa, viendo las calesas desfilar, regresaba con el corazón doliente cargado en una vieja mochila para su amado padre.

Día tras día esperaba ansiosamente encontrar esos rostros amigables, y día tras día sus recuerdos se volvían difusos, barridos por el viento lúgubre de la muerte que ansiaba reinar.

La decepción no escapaba de su cuerpo, y es que el niño no cesaba de ansiar el repentino regreso, ese que lo consumía en las noches largas, en el canto eterno de lo imperfecto.

-En cuatro años podré alcanzarlos en el norte – Solía decirle a su madre, a esa envejecida mujer que ya no esperaba nada más que la turbia noche eterna.

Y casi sin notarlo, llevado por sus vagas ensoñaciones, Claus se convirtió en un hombre. En un hombre que recordaba al pequeño niño ansioso que esperaba cada día sin relevo, solo que  ya no aguardaba, se concentraba en su noble deber y en el inaplazable adiós que contenía con el murmullo de sus pensamientos.

El frío apaciguaba los mundos desiertos, convertidos en la nada, acaudalados al silencio. Mientras los turbios corazones clamaban por salir, por desertar, otros tantos, luchaban por entrar, por unirse a esa turbia batalla que avecinaba sus maltrechos destierros.

La densa capa de nieve cubría el país del silencio. Claus tomó lo que era una vieja mochila y se lanzó a los cuarteles en los que esperaba convertirse en un tosco guerrero más.

La marcha repentina no le hizo entrañar los días de su consumada y casi efímera niñez. Solo escapaba en  na búsqueda que aguardaba desde hacía tanto, que ahora parecía irrevocable su antigua decisión.

La pestilencia, la humedad, el frío y el bajo nivel de los cuarteles no lo hicieron dudar de lo correcto. “Después de todo es la guerra, aquí los heraldos se pasean como grandes líderes, contemplando el destino final de aquellos que duermen en el barro, en la nieve fría”, pensaba Claus sin atreverse a manifestar palabra. Y es que se había jurado evadir las quejas, solo debía soportar lo que su padre y su hermano, así saltaría los años del pasado acercándose hasta ellos.

Y  sin notarlo, Claus se convirtió en partidario de la guerra. Se convirtió en comandante, en un hombre diestro cuyos ideales llegaban a apreciar las batallas justas. Él se encontraba idealizado, y a pesar de lo malo, de las duras noches a la intemperie, insistió con la nobleza de su corazón en seguir adelante.  Creía en los líderes, acariciaba sus verdades, en ese mundo distante, no se permitía conocer la lucha trágica que azotaba aquellas regiones abandonadas.

El camino de la libertad había perdido las líneas para el nuevo comandante. Y aunque era un vil partidario de la paz, ahora solo la creía posible a través de aquella cruenta realidad.

Su primera batalla lo tomó por sorpresa. Cuando vio los ojos de la muerte conoció cuan profunda era aquella guerra. Matar para vivir, se convertía en el canto diario que su reflejo incitaba con cada nuevo amanecer. Pero la muerte era mucho más que hundir el acero en la carne ajena, era mucho más que escuchar las súplicas, el llanto, y la repulsión. La muerte era la vida de aquellos hombres, era el despertar agobiante que entonaban sus pechos con el insistente sonido del cuerno.

Se encontraba en la soledad perpetua, rodeado de cuerpos inmóviles, descubría que ya no podía diferenciar aliados o enemigos. Solo los ojos vacíos de los cadáveres, lo miraban, lo acusaban. Ahora podía ver que cualquiera de ellos podría ser su padre, su hermano, su amigo…

Claus sintió las náuseas subiendo por su garganta. En su afán por recuperar los años perdidos se había convertido en un asesino.

Miraba sus manos teñidas por la sangre y sentía el peso a sus espaldas. Luchar por la paz no lo hacía menos culpable, al contrario, era un asesino con una turbia mentira bailando en los labios.

Quiso volver el tiempo y continuar en la ciudad esperando a su padre, al menos esa espera aliviaba el pesar de haberse convertido en un verdugo de hombres inocentes. Claus dejó caer la espada, los cadáveres la sepultarían entre sí bajo los miles de cuervos que aguardaban en la penumbra. Ya no era momento para luchas.

La capa color carmesí fue el último consuelo en dejarse entre la inmundicia del poder, volvía a ser ese niño de mirada perdida. Volvió a casa, a ese recóndito lugar en el que pensó que su madre lo estaría esperando, pero ella ya no aguardaba allí, hacía mucho, tras su abandono que había dejado de vivir, ahora aguardaba en otro mundo, tal vez sola o con su padre, en el inmenso silencio del ayer.

Claus ya no podía esperar, la espera acabaría por mermar sus fuerzas y el ánimo de su espíritu. Si se detenía a aguardar, se encontraría sepultado como el cobarde que realmente era. Entonó la partida, jurando esta vez no dejar venderse, sus principios lo llevarían a subir las altas cuestas, a desistir de las batallas externas, y mantener en la profundidad de su ser el honor de su familia.

Cien noches bastaron para llegar al norte. Claus, convertido en un andrajoso pordiosero, llegó a la cima de las montañas del norte, con el aliento congelado, con el sudor pegado en el pecho, no podía aguardar un instante más.

Tal vez la búsqueda y espera implacable se reducían a eso, a ese segundo, en el que el rostro casi irreconocible de su hermano asomaba entre las deslucidas tropas. Temblaba tras escuchar aquella voz peculiar, compartiendo ese mítico momento en que se abrazaban compartiendo las lágrimas, porque después de todo, para su padre había sido tarde, pero allí estaba su sangre, dispuesto a perdonar, dispuesto a comenzar una vida.

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