Cien noches de hielo

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El hielo crujía bajo las tenues pisadas de un ejército moribundo. Aquellos hombres sin patria eran el despojo de la nada, desterrados al olvido acariciaban el sueño de un tenue rey conmovido.

Cien noches habían sucedido al terrible instante en el que la princesa de los cristales había desaparecido. Y por su pequeña alma, se condenaba una veintena de hombres arrebatados, consumidos y helados. Marchaban al pie de las colinas congeladas, persiguiendo un grito elevado al silencio, ese sutil aliento que se esforzaba en mantenerse vivo, en ser perseguido.

El capitán memorizaba cada paso, cada árbol, cada aldea enterrada en el olvido. Eran días de anhelos, días de sed, de frío. Demetrius, podía mirar en la penumbra y escuchar los pensamientos de sus hombres, condenaban aquella maldita marcha que los obligaba a perderse entre los escombros de un reino moribundo.

La fugaz ira de la tormenta atizaba sus débiles corazones. Eran hombres de guerra, nacidos para la batalla, no para sepultarse bajo absurdas tormentas de nieve.

-Mi señor, podríamos volver y decir que no encontramos rastro alguno.

Era la vaga sugerencia que solían hacerle. Comprendía el cansancio, el hambre, pero rendirse sin siquiera llegar al límite de sus necesidades lo convertía en un cobarde. Y había demostrado tener la valía necesaria para ser digno de confianza. Caminaban a expensas de la guerra, a sabiendas de esta, con el conocimiento de la amenaza persiguiendo sus pasos de cristal.

No podía evitar decaer en los ánimos de sus compañeros. La peste barría con aquellas pequeñas aldeas en las que nadie osaba asomar un ojo. Si seguían el río podrían llegar, si seguían el camino pronto encontrarían el rastro perdido.

-Descansaremos aquí – Anunció al pie de un pequeño poblado abandonado.

-Mi señor, más vale armar el campamento, aquellos caseríos no lucen muy seguros – Rebatió su primero al mando.

La orden estaba dada. Era su palabra y no disponía de buen humor para iniciarse en una vasta discusión del lugar idóneo para acampar. Necesitaban descanso y tiempo. Lorenzo, su ayuda de cámara le siguió los pasos en busca de una pequeña cabaña para instalarse. Dentro, encendieron la hoguera mientras Demetrius trazaba en el mapa la ruta recorrida. No podían adentrarse en territorio enemigo, y por aquellos días, las líneas aliadas combatían difusas en sus cabezas agotadas. Se debatía entre el miedo. ¿Podría sincerarse consigo mismo? No, seguían al mago de los tormentos, a ese hombre sin rostro que había desafiado sus dominios.

El imperio era débil, la inminente caída se anunciaba como el augurio de la oscura profecía.

Demetrius no notó en qué instante se había quedado dormido. La estancia lo sorprendió ante la oscuridad rotunda de una noche sin luna, ante el frío insipiente que le calaba los huesos. La soledad abrió paso ante el misterio de lo desconocido. ¿Habrían desertado? No, era una pesadilla y nada más.

La nieve pesada le dio en el rostro, mientras el mutismo ausente acompañaba su lento caminar. Ni un alma respiraba en el pequeño campamento. La muerte anunciaba su terrible y fatídica llegada. Era el miedo que atenazaba como un fantasma entre recuerdos.

La cumbre dorada se perfiló en la alta montaña, a lo lejos, la cúspide del palacio de hielo enfilaba sus turbios pensamientos. Demetrius conocía ese paraje, sus pensamientos lo obligaban a llegar hasta allí.

El sentido llevaba sus pasos a tientas, consumido entre las sombras, se dejaba cautivar por el secreto que lo movía en el silencio. La escarpada montaña blanca no ofrecía obstáculo a su marchito paso.

Caminó y caminó, siguiendo la sutil tonada, esa que hinchaba su corazón de gracia, esa que lo conmovía como nunca nada lo había hecho. Y cuando pensó que era el fin de su vida, en lo alto se dibujó la tenue figura de mármol. Era ella, lo único que podía concebir era que ese ser de luz se perfilaba como el final de una búsqueda eterna.

Los largos pliegues de su vestido de luna lo recibieron con el cálido amanecer, dibujando una imperceptible sonrisa ella se dejó ver. La razón del viaje, de la marcha, ya no significaba nada para él. Divisaba un nuevo horizonte, uno en el que su honor menguaba a causa de un nuevo amor. Y es que ella, repleta de luz y belleza se convertía en el norte de sus sentidos.

Mil gritos resonaron a sus pies, Demetrius los ignoró, podía escuchar su nombre, podía entender que se referían a él, pero nada de esto importaba. Sus ojos solo eran capaces de mirarla a ella. Intentó alcanzarla, sentir el dulce calor de su piel, pero cuando sus dedos le permitieron rosar el perfecto manto de seda, su dulce ninfa se convirtió en piedra.

Horrorizado pudo escuchar la risa metálica a sus espaldas, de sus ojos cayó la pesada niebla mostrando el ardor que se extendía en su campamento.

Las llamas consumían las cabañas y los pertrechos, mientras su ejército sucumbía ante un enemigo ciego. Quiso correr y tomar parte en la injusta batalla, pero algo lo detuvo, sus pies tropezaron y dio contra la dura superficie de hielo. Estaba acorralado, y allí, en frente, se alzaba el mago de las tormentas.

Con su fiera sonrisa atenazaba los vagos miedos del capitán, las sombras se alzaban volando en torno a sus profundas pesadillas, la niebla lo consumía llevándolo al delirio roto de la locura. Quiso echar en mano su espada, garantizar la seguridad y acabar con el rostro que lo burlaba entre tinieblas. No pudo, se encontraba desprotegido.

La sangre manaba como un caudal enfebrecido. El silencio envolvía los gastados gritos. Demetrius lo había perdido todo, era un cobarde enfrentado a un vago sueño. Podía recordar cada batalla de su vida, podía recordar la libertad que se había negado a costa de mantener el honor de un rey. ¿Valía cada sacrificio? A puertas de la muerte solo pudo responder negativamente, era un cobarde por no escuchar a sus hombres y obligarlos a caminar hasta la perdición. Nada de esto valía, la guerra no era más que las ansias profundas de dominar, con un precio tan alto como lo eran las vidas inocentes que se condenaban a canciones inmortales.

Sintió el puñal en su bolsillo, y con súbito anhelo ignoró las sombras desterrando aquellos pesados miedos. Su brazo encontró el pecho del mago hasta hundir el blanco puñal. La sonrisa se borró, marchita y consumida hasta convertirse en cenizas.

El baile cesó y las nubes despejaron un cielo pardo. Allí estaba ella, tendida, navegando entre los sueños del ayer. Con la marmolea piel relumbrando, con la suavidad etérea de la juventud. Sus ojos no habían admirado nada tan repentino y maravilloso, y por una vez pensó que la guerra era un mundo absurdo al lado de ella.  La hija del rey despertó y con tan solo verlo, sonrió. La vida dibujaba un nuevo cometido, y esta vez Demetrius no se empecinaría en dejarse ganar por algo más fuerte, ahora contaba con una nueva voluntad.

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