El despertar de los titanes

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Los témpanos de hielo caían en la perversidad de su adiós. Eran días frágiles y sublimes, cargados por el terrible llanto de los cuervos, de esas alas negras con olor a fétida muerte, de esos misterios aletargados en la caída de un imperio.

El invierno acontecía en la maravilla de un mundo dorado. Las aguas, casi heladas, corrían con el ímpetu de tiempos mejores, de los nuevos amaneceres y las místicas canciones de guerra. Pero de eso hacía mucho ya, estos tiempos se convertían en una era nueva, en el despertar de una legión olvidada, de hombres libres que perecían al calor de la vaga luna, en tanto que otros se adormecían bajo el cantar de las tenues promesas.

Aerio poseía esa vitalidad tan asidua que ya no se veía. Cabalgaba a lomos de una yegua envejecida, con pocas o ninguna pertenencia, con el vago temor a lo desconocido. Aun recordaba la batalla, esa indolente y clamada guerra, había nacido para la muerte, para servir a su noble rey.

La promesa del pasado viajaba como una innoble cualidad que le perseguía,  lo mantenía al acecho. Los años, tras el terrible declive del imperio, supusieron un desgaste a su vigoroso cuerpo. Consumido entre la bruma y los miedos, el joven guerrero se acostumbró a la soledad, a ese fragmento inexplicable que aún en sus mejores días, se esforzaba por conservar.

La yegua se echó sobre la hierba negándose a dar un paso más.

-¿Cómo hemos de continuar? – Susurró una tenue voz a sus espaldas.

Ella no solía decir mucho. Tampoco era de gran ayuda, se concebía a sí misma como la carga rotunda que él debía soportar.

La miró como quien mira el vacío en las noches de bruma, tantas veces había deseado negarse, retirarse a los campos y mantenerse ajenos a toda la desgracia. Pero Aerios era hombre de palabra, y le había dicho a su rey que llevaría a aquella princesa hasta los páramos de cristal.

Era una misión peligrosa cuando no suicida. Los interesados por acabar con la descendencia y desterrar el nombre real abultaban en una larga lista que parecía interminable. No se habían visto faltos de peligros, los rumores corrían, y mucho se decía, incluso el nuevo rey se jactaba de ponerle precio a su cabeza.

-Debemos conseguir un caballo –Insistió molesta tras no obtener respuesta.

-¿Queréis callaros? Necesito pensar.

La  frecuente molestia de escucharla le permitía sentir la obligación de acabar con el interminable viaje. No podía decirse otra cosa, aquella mujer de nívea belleza, derrochaba poca inteligencia. O tal vez era eso lo que él se empecinaba en mirar. Si bien era cierto, la princesa había perdido todo cuanto poseía, se aferraba a una vacua promesa que no le aseguraba la supervivencia.

-Acamparemos aquí esta noche – Manifestó por fin – Mañana me encaminaré al pueblo en busca de un caballo descansado y provisiones.

No se dijo más, ¿qué podría decirle ella? Nada, puesto que no era muy dada a la conversación. Aerios no la culpaba, incluso a él no se le daban bien las palabras. Solo que de vez en cuando le atormentaba el silencio insensible que destilaba la princesa.

Encendieron el fuego dispuestos en la cueva. La noche vehemente caía con el aplomo de su oscuridad. La observó arrebujándose en su capa, con las mejillas encendidas y una lágrima a medio correr. Podía recriminarse su tosco temperamento, pero lo cierto es que no conocía nada de ella, era un misterio indescifrable que no se proponía resolver.

-Cuando estemos cerca de los páramos podrás marcharos, no hace falta que continúes el viaje por mi – Susurró la princesa con el fuego bailando en la mirada de acero –  Podrás obtener vuestra ansiada libertad.

Él la miró confundido, aquella mujer poseía el acero bajo la delicada apariencia que denotaba. Podía ser testigo de la precisión de sus palabras y de la fortaleza en la mirada. No comprendía cómo podía subestimarla.

-¿Qué hay en aquellos páramos que la hace parecer tan segura de encontrar lo que busca?

-En el corazón de los páramos de cristal se esconde el cuerno de la noche.

Él retrocedió poco dispuesto a dar credibilidad a sus palabras. Ahora veía tan claro el aplomo de sus decisiones, si temblaba ante una palabra, la haría dudar. El cuerno de la noche era uno de los tres cuernos traídos de las puertas de la muerte, con este despertaría la furia de los titanes celestes.

-No podéis, es una locura…

-Lo haré, por eso os pido que me dejéis marchar sola. Es la única oportunidad de salvar el legado de mi padre.

Acudir al despertar de los titanes era algo que Aerios no pretendía hacer. En cuanto llegarán a los páramos, sus caminos se separaban.

Las noches se sucedieron con la fatalidad de lo ajeno. La marcha continuaba sobre caminos helados, bajo las poderosas tormentas que con asiduo ímpetu les visitaban. Las nevadas los acompañaban en el mítico camino del destino. Él podía observarla cada instante más retraída, preparándose para su carga, para la decisión que habría de cambiarla.

Creyeron que el final jamás los encontraría, y cuando Aerios se temía lo peor, divisaron a los lejos los aclamados páramos de cristal. Ella se tornó sombría y distante, lo miró como quien mira lo desconocido.

-Es aquí donde nos separamos – Manifestó la princesa tendiéndole la mano.

Él pudo concebir el calor de su fragilidad, el soplo de sus deseos, y por un instante no quiso dejarla ir.

Esa tal vez era su maltrecha realidad. Sabía que debía irse, que no compartía nada con ella, pero su interior no pudo hacerlo. Aerios quería creerle, quería volver a los días de gloria del imperio, y la princesa significaba eso para él. Continuó a su lado, a sabiendas de que no era lo correcto. Al final de todo, era un caballero, y ningún hecho podía cambiar eso.

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