El señor de las moscas


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El polvo enterraba los vagos rincones de un nuevo mundo. La noche indomable se perfilaba en el ancho cielo como el fin de los terribles años de miedo. Los hombres rugían ante una lluvia de estrellas, una que despertaba los temores dormidos que en la soledad morían apaciguados al silencio, en tanto que otros tantos, se convidaban al inhóspito instante en el que la vida volvía a ser vida.

Cinco guerreros apostaban la nada en un juego de cartas. Era una de esas mañanas rutinarias en las que el imperceptible eco de sus palabras, se fundía en los gritos que agolpaban sus gargantas.

El señor de las moscas los tomó por sorpresa, llevaba la espada al cinto aunque nunca la necesitara, miró los restos de legión que aún conservaba. Un manco, un mudo y tres completos buenos para nada, podía desterrarlos al olvido e intentar hacerse con un verdadero ejército, pero no. Era un capitán, un hombre de palabra, y aunque aquellos hombres a simple vista parecían unos inútiles, él no podría confiar su vida a nadie más.

-Es momento de abandonar esta pocilga – Manifestó el hombre con una media sonrisa.

-Pero Efeso, ¿Cómo es posible? – Inquirió el más joven del grupo, Braulio.

Al señor de las moscas le costó mirarlo y no sentir el dolor en su pecho, hacía tanto vivían condenados al destierro, que incluso habían perdido la habilidad de moverse con absoluta normalidad.

-La oscuridad acaba, es momento de levantar a nuestros muertos, de cargar con la responsabilidad que aguarda en estos nobles corazones de acero. No os pido que luchéis por mi causa, puesto que esta la hemos perdido hace tanto, os pido que luchemos por los días arrebatados, por las familias que nos han robado.

Pero sus ojos solo podían recordar los días de guerra. Esos días inútiles en los que la amenaza de batalla sonaba como una triste mentira lanzada al viento.

Pero las muertes no resultaron ser una invención, y cuando las ciudades cayeron, pudieron ver sus sueños derrumbados. La vida se había convertido en la miseria que los perseguía, en el clamor de querer sobrevivir para nada, porque aunque no se arrojaban a las puertas de la muerte, aquello no podía considerarse estar vivo.

Lo habían perdido todo. Y aún así, cuando el imperio se alzó en armas contra la terrible amenaza, Efeso pensó acariciar la innoble batalla como un bien legítimo que se le antojaba como la única respuesta útil ante la sublime oscuridad.

Pero los hombres cayeron.

Cada legión fue sepultada hasta el olvido de sus pechos, allí no resonaban las verdades ocultas que por años se le negaron, allí solo se podían escuchar ellos, mecidos en la nada, en el destierro.

Ahora el imperio renacía de sus cenizas. Llevaban años condenados al encierro, y después de tanto, las voces humanas y clementes se alzaban en el exterior. Efeso comprendía la incredulidad de sus hombres, la soledad había hecho mella en sus corazones frágiles, pero para él, la lucha se antojaba como la respuesta que se podía concebir para alcanzar la paz.

-Hemos perdido la normalidad – Le dijo Braulio agazapado a las sombras – ¿Por qué lucharíamos? ¿Por la paz? Es todo una mentira, aunque el imperio se reconstruya, otros encontrarán nuevas excusas para sembrar la muerte, es un ciclo sin final, la sed de poder es incontenible.

Efeso no podía rebatir tan sólido argumento. Solo alcanzaba a pensar que por ello se había ganado ese apodo, dos legiones sepultadas en el adiós le habían granjeado el convertirse en el señor de las moscas.

Los demás se aproximaron, en sus rostros podía percibir la decisión que habían tomado, ninguno de ellos estaba dispuesto a luchar, ninguno pretendía acompañarlo.

-Solo queremos volver, escapar de esta maltrecha vida y dedicarnos a algo que pueda enmendar nuestros errores. Aun conservo pesadillas de muerte, de los demonios alados que nos perseguían, de los gritos de madres y hermanas…

El fuego se dibujó en los ojos de su líder. Él tampoco podía olvidar, por mucho que se obligara a pensar que cada batalla había albergado una causa justa, no podía alejar de sí mismo el horror que se dibujaba en aquellas noches de hielo.

-Es nuestra oportunidad de ayudar al imperio… De reconstruir el pasado…

Sus intentos resultaban vanos, volvía a ser derrotado.

-No queremos servir a ningún imperio, no queremos ser parte de un ejército. Aquellos hombres que proclaman levantar nuestras ciudades solo quieren que nos dobleguemos, tantas veces hemos hincado la rodilla por una mentira que creímos justa, y ahora vemos que solo hemos actuado como piezas rotas movidas a su antojo.

¿Cómo podía él rebatirlos? Allá en el mundo normal solo quedaban huesos y cenizas.

¿Para qué podría servir? Su vida había sido la guerra, dirigir, atacar y defender. Ahora lo dejaba todo para convertirse en un prisionero del pasado.

-Nos marcharemos al sur, lejos de la peste que fue y será este reino, lejos de todo. Allí nos mantendremos para defender a los inocentes que aún se conservan ajenos ante todo esto.

Los miró como uno a uno levantaba las armas y sus pocas pertenencias. Habían compartido durante años, había sufrido pérdidas, habían visto la muerte. Ahora se alejaban, se marchaban condenándolo por siempre como el señor de las moscas, con ese maldito apodo que le perseguiría hasta el final de los tiempos.

En aquellos ojos no habían lágrimas, solo quedaban restos de hombres buenos, solo quedaban los designios de unos soldados que ahora enfrentarían las luchas que ellos consideraban justas.

¿Qué haría él? Se volvió para mirar aquel mísero lugar. Nada lo ataba allí, pero algo lo obligaba a querer pertenecer a sus hombres, a ser digno de ellos. Efeso comprendió que la única manera de renunciar a ser el señor de las moscas, era seguirlos.

El adiós fulguró en su mirada, dejó el yelmo y las armas, esas que tan seguro le hacían sentirse, ya no las necesitaría, no volvería a ver a la muerte hasta que esta se decidiera a buscarlo. Y mientras, esperaría, aguardaría junto aquellos caballeros de noble corazón, entregado a una causa, que después de tantos años, les parecía justa.

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