La prisión de la eternidad

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Los sueños mortales acaecían como las profundas pesadillas del hijo de la noche, esas que mecían el vigor de días anteriores, de noches rotundas y pesarosas. El júbilo maltrecho acompasaba sus tenues corazones, aquellos que se doblaban ante el ímpetu de lo desconocido, de lo lejano.  En tanto la diosa dormitaba, mecida en el pleno silencio de la oscuridad, a la espera implacable del terrible despertar.

El mundo apaciguaba los miedos potentes que nacían de la oscuridad. Eran días grises, barridos por las lágrimas, noches tenues en las que la vida amenazaba con dejar de ser vida.

La diosa dormida escuchaba el llanto constante que atormentaba su profunda paz. Aquellos hombres y mujeres no le permitían conservar una existencia tranquila, no era deber de ella entrometerse en asuntos mundanos que requerían de las vagas presencias de dioses crueles.

Agaath se encontraba condenada a una vida miserable sin final. Una, en la que no conocía los placeres mortales, no conocía más que los sueños rotundos que amenazaban a la terrible humanidad mientras reposaban en el pequeño mundo.

La inmensidad sumergía sus recuerdos leves, pertenecientes a un pasado que  ya no alcanzaba a ver, miles de años y el destierro, habían cavados surcos profundos en su ser.

El castigo valía la nada puesto que ella nada poseía. Sin embargo, la curiosidad picaba, y aquel llanto la hacía sentirse atraída por el desconsuelo que producía. Decidió levantarse de su lecho, sacudir la pereza y despedir a los sueños, la diosa tenía mucho que ver. Tomó su forma mortal y atravesó el enorme portal.

La tierra árida sonreía a través de los surcos de un río consumido. El viento lúgubre arrastraba los pesares de almas jóvenes y sublimes. Una guerra, allí se desataba una guerra.

Podía ver a las madres despidiendo a sus hijos, las lágrimas se dibujaban en los rostros cetrinos desfigurados por el dolor. “¿Qué mundo es este?” pensó con desdicha, si creerse miserable era la soledad, lo prefería antes de ver a la vida marchar.

Quiso conocer a esos soldados valientes que arrebataban vidas inocentes, emprendió un viaje largo al sur, a los lagos de plata, a las montañas de cristal. Convencida de que con un aliento podría detener la masacre, se dejó ver en el cautiverio de la noche. Aquellos hombres no parecían tan distintos a ella, guardaban ambiciones y ansias de libertad, de una libertad que nunca llegaría a conocer.

Sintió envidia de verlos luchar, de alzar las espadas de hierro y proclamar la libertad. Ellos podrían obtener lo que tanto perseguían, pero ella, por mucho que luchara, seguiría condenada a la maldita eternidad que la consumía.

Alguna vez quiso perseguir el sueño de la venganza, ensañarse con el hijo de la oscuridad y acabar con esa existencia vil. Pero no poseía la fuerza ni el aliento que la haría convertirse en una verdadera guerrera. ¿Por qué buscaría venganza? No lo sabía, tal vez era una pequeña cuota de humanidad la que le obligaba a sentirse destruida. Ella no conocía más que el pequeño edén al que se recluía.

Sus ojos tropezaron con una mirada ansiosa, una que la observaba desde la lejanía. “No, no es real, es un juego de tus pensamientos” se dijo para tranquilizar el nerviosismo que cobraba vigor en su interior. Pero el rechistar del acero y la hoja contra su cuello, la hizo detener sus pasos para mirar detalladamente a su captor.

-¿A qué juego pretendes apostar mortal?

El hombre conservaba el aplomo de los caballeros de otro tiempo. Retiró la espada al tiempo que sopesaba sus palabras.

-Calla, es peligroso – se agachó al tiempo que escuchaba la marcha veloz de los caballos – ¡sígueme!

El impulso apremiante la obligó a moverse tras de él. Avanzaron a través de los campos desolados, rodeados de muerte, hasta alcanzar una pequeña lona que se alzaba en el horizonte silvestre.

El fuego ardía dentro, ella se tendió consumida y desacostumbrada al temible frío de aquellos páramos, dejando que el calor le iluminara el rostro, acostumbrada a esa presencia que la miraba apaciguado a las sombras.

-Mi nombre es Kyros, capitán del segundo pelotón – Anunció rompiendo el incómodo silencio – ¿os halláis perdida…?

Agaath tembló tras escuchar la firmeza de voz, algo la hacía convertirse en un soplo ligero, en un breve y repentino momento en el que podía apreciarse como simple mortal.

-No os gustaría conocer de dónde vengo, solo conformaos con saber que no pertenezco a este mundo.

-¿Tenéis familia?

Una punzada de dolor cruzó el pecho de Agaath, no solía sentir dolor, no podía, pero lo hizo. Un recuerdo fugaz atravesó su cabeza, un momento en el que un hombre moría por una flecha.

Le miró confundida, sabía que ese instante yacía en el fondo de su ser, en un lugar tan distante que se dignaba a no conocer. En el fondo, seguía existiendo algo de la mujer que había sido alguna vez.

-¿Queréis que os lleve a algún lugar? – Insistió el caballero un poco confundido.

Otra punzada atenazó con mayor fuerza que la anterior. Agaath se dejó caer sobre la tierra, la inmortalidad no dolía, la inmortalidad la obligaba a conservar el valor y el ímpetu de una diosa. Era fuerte e indestructible, ¿cómo podía venirse abajo con tanta facilidad?

-El hijo de la oscuridad… – logró susurrar mientras Kyros le sostenía la mano, la tensión recorría su cuerpo entregándola a una fragilidad serena, una fragilidad que hasta entonces no recordaba haber conocido.

Kyros parecía ajeno a todo lo que sucedía, pero sus ojos destilaban el fuego de la noche, de la oscuridad, de las sombras que los consternaban. Agaath comprendió que el hijo de la oscuridad otorgaba un nuevo don, uno que nacía de sus misterios. Finalmente había escuchado las súplicas.

Agaath se fundió en el fuego, la carne se consumió elevando el humo hasta el cielo, se desprendía de esa carne inmortal, de esos miedos que la ataban al silencio. El dolor emprendió como una tenaza consumiendo su interior, deseó la muerte en tanto que los gritos se ahogaban en su garganta.  Todo cedió, cuando alzó la vista, Kyros ya no estaba, y ella no era la diosa de los sueños, despertó en un cuerpo mortal, finalmente renunciaba a la prisión de la eternidad.

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Una respuesta a La prisión de la eternidad

  1. Ruben Lubo dijo:

    Es una gran histotia, me gusto mucho felicitaciones.
    Por cierto, cuando gustes podrias visitar mi blog y dejar tu aporte, seria de gran ayuda para mi.
    “El diario de un escritor”
    http://eldiariodeunescritor.blogspot.com

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