La guerra de los Nun

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El mundo se sumergía en la penumbra incierta de la muerte. El sol había dado paso a una ligera luz rojiza que teñía de sangre el poco apreciado cielo lúgubre. Mientras los soplos acontecían en un mañana sin libertad, de ansias rotas, de luchas perdidas.

El asedio había durado lo que un pequeño respiro. Ahora se convertía en una prisión, en una masacre ciega en la que los pocos sobrevivientes, se aferraban con las uñas a la vida, a defender la olvidada ciudad.

Nailah se estrechaba cada vez más a la tosca muralla en ruinas. Sus ojos divisaban las calles desiertas, acobijadas por centenares de cadáveres con los ojos al cielo. Durante días, se dedicó a mirar inciertamente la frontera, a la espera de esa ayuda prometida que con tanta necesidad aguardaban.

Pero la ayuda nunca llegó. Los estandartes del enemigo se delineaban sobre un lienzo de fuego, un lienzo de muerte en el que sus hombres eran los que pagaban el precio de la traición.

Aún no podía mirar a los ojos de sus combatientes, el hambre había desgarrado aquella fortaleza, el temple se desdibujaba en los rostros pálidos que ansiaban una respuesta.

-Descansad – Ordenó sin mucho ánimo – Un par se apostarán en la torre norte, y otros dos en la puerta sur, los demás echad un corto sueño.

Era lo único que podía decirles. Tras precisar los horrores que los habían llevado a permanecer juntos, no podía menos que otorgarles unos instantes de calma. Muchos habían muerto ya, y solo quedaban ellos, una veintena de soldados débiles, demacrados y despojados del dolor.

El rey había creído que las altas murallas podrían resistir al menos un par de semanas, y para entonces, los aliados se encontrarían en la ciudad, se desplegaría la batalla con la que Nun, alcanzaría la libertad. El dominio de los Sahirah les había obligado a creer que podrían mantener las provisiones y conservar la seguridad de todos los ciudadanos de Nun.

La realidad era otra. El asedio duró tres noches que para Nailah y su pelotón, habían resultado eternas. Desde la caída de la ciudad solo habían transcurrido un par de campanadas, y sin embargo, podía asegurar que la vida apresuraba el paso con cada instante pasar.

La muerte del rey atrajo la destrucción en las calles desnudas de Nun. No es que aquellos hombres desarmados hubiesen pretendido defender el honor de un hombre ya muerto, era que sus hijos, padres y hermanos caían ante los ojos derrotados de una ciudad en ruinas, con un repentino sopor de hechicería que llevaba el ejército de Sahirah.

Nailah había escuchado muchas historias, desde su reclutamiento en el ejército, el miedo rehuyó de su cuerpo. La muerte le perseguía no solo en ese momento, lo había hecho durante toda una vida, y un poco de hechicería no derrumbaría la lucha que hasta entonces había librado.

Uno de los hombres volvió con el rostro descompuesto.

-Mi señora, hemos perdido la puerta Sur, hay varios reclutas Sahirah… Además…

El sopor cubría el rostro macilento del cansado soldado.

-Continúa – Lo instó ella con la repentina intuición de un fatídico y pronto final para su compañía.

-Las picas a pie de la muralla muestran las cabezas de nuestros comandantes…

No podía más, el mundo se desmoronaba a sus pies. Casi podía escuchar las palabras de su padre gritándole que solo era una mujer, que no podía luchar. Pero eso no era cierto, ella había luchado con todo y contra todos. Allí, el mundo se reducía hasta convertirse en una insignificante pelusa, una que Nailah había desafiado un sinfín de veces en su corta vida.

Observó a esos hombres sin patria, con los yelmos sucios, las armaduras salpicadas, el alma rota. ¿Qué podía ofrecer más que una derrota llena de gloria?

-Estos hombres traído hasta nosotros el mar de la muerte, llevan bajo sus mangas la maldición de la hechicería, mientras que nosotros, hemos luchado incansablemente por defender el honor de cada Nun que ha vivido en esta ciudad

“Han sido meses duros, nefastos para todos aquellos que llevamos años en la guardia Nun, pero este no es el fin – todos escuchaban con atención las palabras de su comandante – este es el inicio, porque si bien no podemos devolver la vida a todos aquellos que se la han quitado injustamente – Hizo una pausa – Podemos llevar la justicia y morir en el honor de nuestros comandantes.

Un silencio siguió aquellas palabras cargadas del dolor suprimido durante días. Todos asintieron entreviendo el destino que les aguardaba.

El acero bailó al viento. Su última lucha había comenzado.

Nailah rodeó la parte este de la ciudad junto a sus hombres, agazapados al silencio y acobijados a las sombras, se resguardaban a la espera inclemente del repentino encuentro.

En la puerta sur estaba el enemigo. Riendo y bromeando no esperaban que una mínima parte pudiese atacarlos. Apostaron las ballestas y silbaron al unísono al encontrarse con el punto final. Los gritos y maldiciones se alzaron en un coro indescifrable, ella continúo con el acero bailando en el aire, sus hombres lucharon.

Allí cuando todo se creía perdido, cuando Nailah veía a varios de sus hombres desvanecerse a la nada, los redobles cantaron, y un grito de libertad se extendió a lo largo de esos valientes caballeros. La ayuda llegaba.

Después de todo no era tarde, aun quedaba una pequeña parte de los Nun, aun latían corazones en la ciudad moribunda. Las espadas chocaron en una última oportunidad, Nailah podía sentir la libertad, esa que siempre se le había negado, ahora resurgía como el tosco aliento de una lucha sin final.

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