La lucha de los dioses

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Los años olvidados arremetían contra una búsqueda desesperada. El mundo había detenido su paso en un intento mágico por ayudar a propiciar ese repentino encuentro anhelado, pero las fuerzas, sublimes y poco entusiastas, se negaban a precipitarse ante tal reunión, se sumían en un tormento de esfuerzos entredichos, por evitar esa llegada, por retrasar ese momento.

Un surco profundo había agrietado la tierra. El nacimiento de la sangre había fraccionado aquellos mares terribles. En un súbito momento el cielo había llorado sobre el dolor de la ceniza y las piedras, así el mundo se dividía en dos separado por un ancho mar.

Eris había sido testigo de como la vida estallaba en miles de pedazos ante sus ojos inmortales. La eternidad le tendía un puente hacia la perdición, hacia ese fatídico final en el que nunca se encontraría con Mulrod.

El paso lento de la yegua la obligaba a mantenerse quieta y erguida. Miles de hombres habrían recorrido aquella extensa llanura que parecía no acabarse nunca. Su corazón se manifestaba dentro del pecho roto, nadando entre el mar de las expectativas, con los miedos apuntando levemente sobre ella.

Para Eris aquella marcha le recordaba su propia eternidad. Un camino largo que se perdía en el tiempo. Había escuchado la llamada, en medio de su dolor y de su oscuridad, la llamada retumbó en el interior de su recóndito ser. El señor de la noche los convocaba, y ella, ciega de dolor asistía sin conocer de qué trataba aquella situación.  Hubiese querido creer que Mulrod aguardaría allí, pero engañarse solo le infringiría un daño más grave, hacía siglos que no se habían encontrado, y aquella llamada no cambiaba nada. Irrevocablemente estaban separados, dispuestos a nunca mirarse.

La búsqueda eterna apaciguaba sus cansadas piernas, recorrer esos caminos interminables asemejaba el dolor que acontecía en su pecho. Dos almas inmortales destinadas a nunca encontrarse. ¿Podía sucumbir al olvido inmediato de un corazón en guerra? No, la diosa se negaba a admitir el desespero y las ansias marchitas que la invocaban en un mundo de polvo y horror.

La guerra de los Dioses había desatado el infierno. El bien y el mal cruzaban una difusa línea en el que ya no se distinguían. Así que los que actuaban por el bien, se consumían en anchas y desesperadas tácticas de batalla, en un sinfín de tormentosos deseos, de voluntades rotas, de muertes perennes a la mano de espadas inclementes.

La diosa tomaba parte en la guerra. Ya no sabía qué lado era el justo y correcto, ya no sabía qué lucha era verdadera. Eris lidiaba con la monotonía de la rutina. Había sido condenada a una vida mortal sin final, condenada a los estragos del dolor, de la separación, de heridas que no sanarían, de amor marchito.

-Mi señora – Una voz diminuta interrumpió los sueños que la asaltaban – Montaremos el campamento en la ladera norte, contamos con cruzar unas cuatro leguas y encontrarnos con el ejército del señor de la noche al otro lado del río.

Asintió dando el visto bueno. Su ejército no era más que un grupo disperso de una centena de hombres y mujeres hambrientos. Eran de los pocos que aún creían en ella, la reverenciaban y adoraban en los tiempos dolorosos que corrían.

Continuó con paso decidido, el encuentro con otro ejército le generaba dudas y miedos. ¿Qué pasaría si una alianza no era lo que deseaban? No lo sabía, aquella tormenta entre dioses y titanes había despertados los miedos enterrados de la humanidad, ahora el mundo parecía temblar bajo el filo imperecedero de los no muertos.

El silencio acompasado amortiguaba el torpe eco de sus pasos. Tras la enorme colina se extendía un campamento que podría albergar al menos unos diez mil combatientes. Todos se giraron al ver llegar a la mítica guerrera de los bosques helados. Muchas leyendas surgían en torno a ella, era consciente de las canciones que se le dedicaban, del simbolismo que se alzaba en torno a su amor  y Mulrod, los trágicos amantes desterrados.

De la gran tienda salió un hombre alto de enorme figura, una sonrisa latente atravesó sus labios tibios y se aproximó hasta Eris tendiéndole una mano en tanto abandonaba la yegua.

-Mi querida Eris – marcó un profundo beso en la mejilla de la diosa – Los años solo han favorecido esa belleza firme tan característica de alguien como tú. ¿Ha sido un viaje largo?

-No mucho Cyrano – le respondió al señor de la noche – los años pierden significado entre lo no muerto, da lo mismo un siglo que apenas unos segundos.

No podía reprimir esa amargura que teñía el tono de su voz. Estaba cansada, no pretendía admitirlo pero en cierta parte envidiaba a los mortales. ¡Con que gusto y placer se habría tendido a puertas de la muerte al fracasar en una búsqueda sin final!

 En el interior de la tienda aguardaban algunos de los dioses convocados. Sus ojos se alzaron sin mirar a ninguno fijamente, el corazón retumbaba en un pecho muerto hacía mucho tiempo. No, Mulrod no estaba allí, no podría asistir a tal reunión mientras ella se encontrara allí.

-Buenos mis queridos amigos – La voz del señor de la noche resonó en medio del  alboroto de los recién llegado – he solicitado una audiencia con vosotros, porque como bien sabéis, Karsas gana terreno – las voces se alzaron como si la sorpresa recorriera a los invitados – ¡Calma, calma! Solo ha avanzado unas cuantas leguas más al norte, donde se encuentran las tropas del titán de los mares, espero que sus bestias sean lo suficientemente resistentes como para aguardar mi llegada y detener el paso.

-¿Por qué luchamos? – Inquirió Eris casi pensando en voz alta.

Todas las miradas se posaron en ella. El silencio aconteció en un instante tenso, marcado por las dudas de tantos otros que habían perdido el horizonte.

-¡Querida mía! – manifestó el señor de la noche restando importancia – Si bien no imaginaba que podrías  olvidar semejante desgracia, os recuerdo que fue Karsas quien impuso el castigo que te condena.

-Lo sé. Como a muchos otros, Karsas ha robado aquello que me otorgaba vida. Pero tú, ¿Cuál es tu lucha Cyrano? ¿Por qué te seguimos?

Eris no solía asistir a esas reuniones, el malhumor siempre le jugaba en contra, pero por una vez no podía detenerse. Vio los ojos de Cyrano y comprendió que aquella era una lucha vana, una lucha de odios que se juntaban para llenar de poder a un hombre con sed de gobernar.

Todos mantuvieron el silencio. La diosa entendía la única alternativa para alcanzar el cometido que perseguía. Seguir en esa guerra no la acercaría un paso más Mulrod, no. Él también la buscaría, sin tomar parte en venganzas atormentadas, la humanidad no debía pagar el precio por las ansias desbocadas de un hombre sin sombra. Eris no dijo nada, se marchó, convencida de que la única forma de encontrar a Mulrod era dejar la guerra, alcanzar a Karsas y plantarle cara, sí, de esa manera ascendería, solo de esa manera podría encontrar nuevamente el camino de su vida.

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3 respuestas a La lucha de los dioses

  1. elperfildeunlinyera dijo:

    Es muy bueno, sigamos en contacto me agrada mucho tu sitio. Saludos

  2. Pingback: La lucha de los dioses — Iris de asomo – elprontuariodeunlinyera

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