La tempestad de las sombras

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La lluvia caía con la furia de cientos de guerras contenidas. La ciudad ardía, en un veloz encuentro las lágrimas se consumían en el silencio, mientras la multitud corría, como si la única salida fuese la terrible escapatoria, perseguidos por sus miedos, atrapados en el misterio.

Las sombras se perfilaban en el ocaso de la muerte. En ese repentino instante en el que la oscuridad había inundado el mundo, en el que el lamento se extendía como un largo aullido. Como un augurio terrible, condenado a la bruma que se dilataba, ofuscando los aletargados silencios extendidos a su suerte.

Cirdán corría como si el mundo dependiera de ello. Podía escuchar los gritos, podía sumirse en el horror que de la nada había condenado a un pueblo. ¿De dónde habían salidos aquellos seres oscuros carentes de humanidad? No lo sabía, aquella incógnita se perfilaba como un enigma al que nunca encontrarían respuesta. No poseían mayor naturaleza que la de sembrar la muerte.

Los deseos que se agolpaban en esas almas desprovistas de vida, cuando ya nada tenían por perder, aún más se regocijaban en su libertad, en esas almas vacías que se escondían  en la oscuridad.

El caos se diseminaba como una brecha de fuego extenso. Podía ver  hombres correr,  mujeres luchar,  ancianos y niños entregarse a los lechos fríos en los que recibirían la tenue muerte.

Él no estaba preparado para aquello. Las calles conglomeradas le resultaban una prisión insoportable. Había nacido allí, en la nada, sin familia, sin padres. Como un misterio que envuelve el mar, desterrado de la vida, entregado a la miseria perpetua de la cual no podía escapar. Llevaba su cadena al cuello, no era más que un vil ladrón con un poco de suerte, con algo de expectativas que lo habían obligado a sobrevivir sin muchas ganas.

Pero ahora corría como si después del fin le aguardara algo mejor que una buena botella de ginebra. No, a él nadie le esperaba, él no poseía mayor valor que la vieja daga que llevaba en el cinturón. Entonces,  ¿por qué corría? Por un instinto leve que atenazaba en su interior. En esa alma marchita que durante mucho tiempo pensó que no existía. Ahora le obligaba a continuar, a no ceder, a entregarse con todas sus fuerzas por alcanzar una colina lejana en la que podría tirarse a descansar.

La luz descendió como un rayo doloroso. Observó a un hombre caer en medio de una tempestad de sangre. Un mareo sacudió su cuerpo y pudo apreciar el vómito subiéndole por la garganta. Su rostro sintió el empedrado frío, con un choque duro que le martilleó los oídos. La humedad invadía sus sentidos, en un tosco intento por levantarse resbaló y volvió caer. ¿Era su sangre o la de alguien más? No lo sabía, la ciudad se había convertido en una mancha negra, solo lograba escuchar el constante pitido que le taladraba la cabeza.

Por primera vez sintió miedo, no por morir y tenderse en un infierno infinito. Sentía miedo por no dejar un legado, por haber llevado una vida de excesos, de robos, de gloria escasa. Nunca había soñado con ser soldado, nunca había imaginado ser rey. Comprendía que un hombre de encanto y fama podría acabar como él, sentenciado bajo la tierra sin nada de valor, sin recuerdos y sin memoria.

El aullido de los lobos se precipitaba con la fiereza de un viento nuevo. Sintió unas manos asiéndolo lentamente, sujetándolo por los brazos, mientras su espalda chocaba con constancia contra las heladas piedras que entorpecían el paso. Entonces, se volvió insoportable,  el dolor desgarrador lo invadió, el cielo descendió y la noche se lo llevó.

La negrura de una caverna recibió su pesado respirar. Despertó con la ligera sensación de dolor, su pierna se encontraba inmovilizada y tenía una herida en el brazo izquierdo. Pero, ¿Dónde estaba? Una diminuta brecha por la que se colaba un haz de luz le ayudó a indagar el lugar en el que estaba recluido. Era una pequeña habitación, bastante tosca, cubierta por una espesa capa de polvo.

Podía ver la cama en la que descansaba, una silla y una mesa no muy lejos de allí.

La puerta se abrió y la luz escapó como un manantial.

-¡Oh! Has despertado – Exclamó una criatura pequeña a la que Cirdán apenas conseguía ver – Que bueno, temíamos tener que marcharnos y dejaros aquí, al menos ahora podrás venir con nosotras.

La niña le dedicó una pequeña sonrisa al tiempo que dejaba sobre la mesa una bandeja con algunos instrumentos que parecían medicinales.

-Se alegrará tanto de que despertaras, esperad aquí – Y desapareció.

Intentó seguir a la niña pero el dolor lo obligó a permanecer tendido. Apenas y recordaba algo de la noche anterior, no sabía diferenciar que había pasado o si había estado soñando, el ron solía jugarle malas pasadas, por lo que no podía confiar en su mente en tan extrañas circunstancias. Apareció una delgada figura, era una joven no mucho mayor que él, tan solo verlo le sonrió y corrió a su lado. Tomó las vendas de la mesa y empezó a limpiar con delicadeza la herida del brazo de Cirdán.

-Soy Cora, os conseguí hace un par de noches muy malherido y decidí…

-¿Qué ha pasado en la ciudad? – Preguntó Cirdán desconcertado.

Cora torció el gesto y se alejó un poco.

-Hemos perdido todo lo que conocíamos como vida – Sentenció – La ciudad no es más              que ruinas y muerte. La reina ha desaparecido, y con ella, la esperanza de recuperarnos – Lo miró preocupada – no sé si sabéis, pero ha sido una masacre… Las calles han desaparecido, y no… – Tomó aliento para continuar – No queda nadie.

Él no podía creer que todo estuviese perdido. Aunque no había perdido nada realmente puesto que no poseía nada, aún así le sorprendía imaginar que el lugar donde había vivido y mendingado se reducía a vagas cenizas.

-¿Por qué me salvasteis?  Sé que arriesgaste la vida por ayudarme, ¿Por qué?

-¿No habrías hecho lo mismo?

Cirdán torció el rostro, no lo habría hecho desde luego.

-No lo sé – Replicó sincero – ¿Tienes ron o algo fuerte para beber? – Cora lo miró con dureza, un tanto decepcionada ante una actitud tan impasible en aquella situación tan cruda.

Sintió el remordimiento como una triste sensación hasta entonces desconocida. No, no habría hecho lo mismo. A Cirdán no le importaba quien vivía o moría, cada quien tenía un destino y debía luchar si pretendía sobrevivir. Precisamente él lo había hecho desde que era un niño, y solo por esto jamás se detuvo a ayudar a nadie, a tender una mano u ofrecer una palabra de alivio.

La niña se aproximó hasta él y le tendió un panecillo rancio. ¿Cómo podían ayudarlo tan desinteresadamente?

-Nos marcharemos en dos días, ojalá puedas acompañarnos – Manifestó Cora – Esperaba os encontraras bien, os ayudaremos en el camino. No existe lo que alguna vez fue nuestro hogar, nuestros vecinos y amigos han desaparecido – Miró a la niña y bajó la voz – Debo sacarla de aquí, al menos ella merece una vida justa y sin dolor.

Pero él no tenía ninguna responsabilidad, y nunca la había tenido. Se sentía frustrado de tener que prestar ayuda solo porque ella le hubiese salvado la vida. Nunca le había debido nada a nadie y no pretendía hacerlo ahora. Dirigió su mirada a la niña, estaba famélica, reducida a huesos con el cabello convertido en tosco hilillos parecidos a la paja seca. Su corazón se contrajo, no podía venderse por un simple favor. Pero podría enmendar su pasado, uno que estaba repleto de excesos y desinterés.

-Os acompañaré – Sentenció.

Era su corazón quien había ofrecido una respuesta sincera. Después de todo, Cirdán no era un caballero, pero al menos poseía algo de fuerza y quizás un poco de inteligencia. No lo hacía por nadie en especial, solo apaciguar la imagen de la niña, esa que le recordaba tanto a su infancia, a sus dolores y pesares. Por eso prometía ayudar, porque en su momento ojalá alguien más lo hubiese hecho por él, entonces tal vez no sería un bandido, sino un hombre normal.

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