Espada de fuego

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Cien noches de hielo

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El hielo crujía bajo las tenues pisadas de un ejército moribundo. Aquellos hombres sin patria eran el despojo de la nada, desterrados al olvido acariciaban el sueño de un tenue rey conmovido.

Cien noches habían sucedido al terrible instante en el que la princesa de los cristales había desaparecido. Y por su pequeña alma, se condenaba una veintena de hombres arrebatados, consumidos y helados. Marchaban al pie de las colinas congeladas, persiguiendo un grito elevado al silencio, ese sutil aliento que se esforzaba en mantenerse vivo, en ser perseguido.

El capitán memorizaba cada paso, cada árbol, cada aldea enterrada en el olvido. Eran días de anhelos, días de sed, de frío. Demetrius, podía mirar en la penumbra y escuchar los pensamientos de sus hombres, condenaban aquella maldita marcha que los obligaba a perderse entre los escombros de un reino moribundo.

La fugaz ira de la tormenta atizaba sus débiles corazones. Eran hombres de guerra, nacidos para la batalla, no para sepultarse bajo absurdas tormentas de nieve.

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La espera de Claus

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Los días de guerra se iban como una sombra rotunda. Las familias aguardaban a los hombres moribundos, esos héroes gastados con los rostros cansados, esos hombres valientes que mantenían la lucha injusta en pro de sus ideales, o los de tantos otros por los que pugnaban defender.

Eran tardes de lluvia, tardes de llanto. Los niños esperaban las ansias de esos padres imaginados, muchos de ellos, tendidos al pie de las montañas, otros, nunca regresarían. Entre tanto, la guerra permanecía en el silencio de sus gargantas, impasible y ajena a la perpetua desgracia.

Claus había sido testigo de la amarga y triste despedida de su familia. Contando con la fortuna de ser un niño, su padre y hermano tomaron un pequeño baúl, le otorgaron un frío abrazo y marcharon destinados a un nuevo batallón. La paz debía garantizarse en el norte, era una zona árida en la que la guerra aún no alcanzaba a llevar la muerte por absoluta decisión.

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La piedra de las arenas

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La luna se alzaba en su imponente lecho de noche oscura. Perfilando el rojo horizonte en la caída de los héroes, en el retumbar ajeno de sus álgidos corazones tocados por el  frío lecho del adiós.

La sangre corría a raudales sobre los cuerpos inertes de cientos de compañeros, aquella batalla asemejaba  la sangrienta guerra tras la marmolea tristeza en su piel de terciopelo, casi podía alcanzarla, casi lograba acariciar ese pequeño trozo de cielo. Y cuando creía conseguirlo, la muerte tendía los brazos sobre su cuello, lo sepultaba ante el clamor de las lágrimas de hielo.

Y es que en el blanco palacio de piedra, los valientes vivían en la eternidad. Resguardados al calor de la noche injusta, saboreando el delicioso vino de la muerte.

Edmod se mecía en sus vagas ensoñaciones al tiempo que rozaba el leve puño de su espada. Recostado sobre la enorme entrada, aguardaba la repentina aparición de su reina. Esa vil y dulce mujer bautizada como diosa, se vanagloriaba en su mística pureza, en el bien ansiado que aguardaba en su pequeño pecho de niña.

La dulce criatura, convertida en princesa, se aproximó llevando a cuestas el enorme vestido de oro. Tras la sutil seda brillaban sus ojos cansados empañados por el dolor. Su noble caballero cerró la marcha siguiendo de cerca aquellos pasos de cristal.

Amira conservaba el aplomo de un apellido, y el peso de una corona muy grande para sus nervios. La conocía, no solo como la soberana inalcanzable que podía ser, sino como su ama y señora. En cuanto una sola palabra salía de sus labios, Edmond movía la tierra y el cielo para que esa voluntad se cumpliera.

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El imperio de las sombras

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La noche turbia era observaba bajo la penumbra  en el manto inaudible del adiós. La ceniza caía convertida en leves gotas de cristal, mientras la muerte se paseaba a tientas, visitando los vagos sepulcros del olvido, convidando el presagio atroz de sentirse vivo. La ciudad de las tumbas se acobijaba a la nieve disoluta, en el frío invierno que acontecía, sus pesares se arrastraban bajando la colina.

Helena caminaba arrebujada en su ancha capa roja. No tenía sentido del momento, deambulaba como una vaga sombra, como un soplo de aliento perdido. Si era día o noche, no lo sabía, y pese a la oscuridad absoluta, no podía asegurar qué buscaba allí, en medio de la nada, rodeada de la miseria absoluta de una vida llena de muerte.

Sus pasos, acompasados al silencio, se disipaban entre las estrechas callejuelas de una ciudad perdida. Los ojos sin vida la observaban inertes desde las viejas ventanas rotas, allí la vida recordaba a la muerte, como un paso inevitable por atraerles los trágicos destinos que sin valor alguno merecían. ¿Era ella una pieza rota que navegaba a tientas? No. Era una flor arrastrada por el aliento del dulce viento. Era el agua que volvía a su cauce.

Su mirada divagaba ante las altas ruinas de una nación que creía viva. La oscuridad maligna se ocultaba en las llanas paredes de un palacio a las sombras de la noche.

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La noche eterna

NUEVA ENTRADA

La bruma incierta se paseaba a tientas en la oscura colina del mañana. Allí, el futuro bailaba a las sombras nocturnas de un porvenir desierto, colmado de los vagos errores de reyes antiguos. Donde las tenues pasiones se escondían tras la alta corona, en los diamantes cristalinos que ocultaban un corazón débil.

La noche asemejaba sus miedos rotundos, esos que durante años yacían en un subconsciente dormido. Arraigando los males terribles que la oscuridad acarreaba, heredaba un reino moribundo, en el que un incesante aleteo negro auguraba los males profundos que durante años se aclamaban.

Aetios acaba de conseguir la mayoría de edad, y con esta, adquiría ese maltrecho trono que su padre legaría a su único retoño. Su madre había llevado la regencia con el honor de una imponente reina, una que no concebía la debilidad femenina como un mal, sino que al contrario, osaba llevarse en lo alto sin dejar que nadie otorgara dudas a su maravilloso mandato.

Los años duros se avecinaban en el clamor de la noche eterna. Las sombras se sumergían en las bastas tierras del futuro, era Aetios quien prometía la lucha inmortal en busca de la ansiada luz para su pueblo.

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La legión de los hombres libres

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El universo eterno ahogaba sus profundas penas en el mar del silencio. La luna, conmovida y maravillada, derrochaba su luz de plata sobre los amplios lagos de cristal, en un súbito aliento del ayer, de un pasado fortuito que escapaba a las miradas ajenas.

Los años se avecinaban en la ancha profundidad del bosque. Allí donde las almas vagaban, era el destino insoluble de los pobres desesperados que nada tenían ya por perder. Acogidos en la humilde morada, los malaventurados hombres se henchían de orgullo vanagloriándose como héroes, como ex soldados que vivían al margen de una sociedad impúdica, cargada de misterios, de valores arraigados a los que ellos concebían como un mal engendrado.

Cyrene aguardaba con el ímpetu de la juventud la llegada de un nuevo día. Sus nervios se estremecían al escuchar las tenues respiraciones que la rodeaban, era la única que podía mantenerse en medio de una manada de prófugos corruptos. La única con valentía suficiente para no dejarse vencer por los temores arraigados durante toda una vida.

Con el primer rayo de sol, las colinas despertaban bajo el encanto de la luz matutina. Los hombres, acostumbrados a la rutina,  se marcharon a los bosques en busca de nuevos botines en los caminos reales.

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El aprendiz errante

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El bosque ululaba ante la inminente salida del sol. Las vagas tierras del adiós se perfilaban bañadas por la cálida luz celeste de la aurora, mientras el viento aullaba en un último lamento de noche. Los hombres se arrodillaban ante el mutismo obtuso, ante esa leve mirada, ese sutil rechistar que ahora ahogaba sus breves susurros.

Dal sentía el pecho desbocado entre el miedo y la emoción. El fuego oscuro se alzaba en una pared indescifrable llamas naranjas. A partir de ese momento dejaría de ser un novato, ya no sería un discípulo, sino un hombre honrado que ahora llevaría la capa.

El esfuerzo de toda una vida se resumía a ese fugaz momento.

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El baile de la luna

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El canto de los pájaros se alzaba en la montaña como el trágico adiós del ayer. Las sombras marchitas caminaban a ciegas en la alta colina negra, donde el sol no calentaba, donde la rotunda negrura se sumía en el silencio inaudible de miles de sueños concebidos. Acallando los gritos temidos, llenando de lujuria aquellas gargantas secas.

Helios despertó en medio del bullicio matutino, la vida seguía su curso aun en tempestades propicias. Recordó las pesadillas, esas nubes grises que con tanta constancia le asaltaban en las noches desiertas, era un negro presagio de su alma, era el porvenir que amenazaba con perseguirlo noche y día.  El deber pesaba en su alma, en ese ajado ser que aún conservaba, como un hombre severo, como un soldado fiel a su patria.

Se desperezó echando sobre sus hombros la enorme capa dorada. Era un día fresco, ventoso, en el que poco menos que unos blandos rayos se colaban entre la densa niebla.

El lamento tardío lo devolvió al trágico presente. Las nauseabundas celdas se convertían en el infierno encarnizado con el que debía lidiar. Un cazo con agua sucia era lo único que debía recibir su maltratada prisionera. Tembló ante la sola idea de presentarse ante ella.

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El candor de la noche

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El dulce abismo desfilaba ante sus ojos como el vago augurio de la muerte. La nieve se enfilaba allí donde el precipicio culminaba, con la escarcha a la luz, a los infatigables rayos que se colaban colina abajo. Los suaves copos se posaban en el incesante canto de lo desconocido. La lluvia batía con insistencia el eterno día invernal, mientras la vida breve, continuaba al paso sinuoso escapando a lo inclemente.

Persis agachaba la cabeza poco dispuesta a aceptar su destino.

En el silencio del bosque, donde nadie podía escuchar el infinito lamento de su alma, se retorcía incesantemente, lamentándose de haber nacido en una sociedad efímera cargada de vagos prejuicios. A veces creía acariciar un sueño muy grande para su pequeño ser, otras, se convencía de que eran tiempos difíciles y nada más. Pero, aunque intentara discernir, y creer cualquier mentira fatua, no podía negar la verosimilitud de los hechos, las mujeres no estaban hechas para la guerra.

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Entrada Migrada a nueva web

Hemos migrado el blog a http://irisdeasomo.com/

 

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La ciudad de las arenas

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Un soplo de aliento se movía silencioso entre el pardo y acorde cielo. Allí rugían los años secos, a la expectativa de los nuevos tiempos, temblando a ciegas, caminando a tientas. Los hombres, doblegados ante leyes absurdas, se conmovían sobre el viento, obligados a vidas fútiles, ásperas y casi sublimes, en las que su breve existencia se convertía en la nada.

El mundo se sumía bajo la oscuridad perpetua de la noche eterna, esa en la que la luz se extinguía en los deseos marchitos de un pueblo muerto, arrepentido ante la espera, consumido y retirado al olvido.

Aella se detenía en el umbral para escuchar el bullicio. La ciudad de las arenas ardía, el fuego arrasaba los altos valles extenuando todo a su paso. Fuera del palacio, miles de voces gritaban en busca del auxilio, aclamaban a su reina, a quienes muchos veían como su salvadora, y otros tantos como una terrible hechicera. Pero Aella se mantenía a las sombras, no osaba deambular en los anchos pasillos ni echar una breve mirada en el palco, la terrible verdad atenazaba sus profundos miedos, arrastrándola a la indolencia absoluta que ahora disipaba a su pueblo.

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