“Al compás”

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Apios, cebolla y puerros asados formaban parte del menú de la celebración. Annette se esmeraba por preparar con sumo cuidado el banquete de la noche. Detestaba aquellas formalidades, damas ataviadas de joyas y caballeros mediocres dándose aires de grandeza, el bullicio y el ajetreo, el chocar de las copas, el vino manchando los manteles blancos, definitivamente las fiestas no eran lo suyo.

Decidió que las ventanas debían permanecer abiertas, era primavera y el calor iba en aumento. Acomodó las sillas según la orden de su marido y se marchó a las cocinas. El olor era exquisito, toda una riqueza gastronómica, el plato principal, cerdo con garbanzos y rábanos sería digno de gratos comentarios por parte los invitados.

Clemente apareció de repente asomando su enorme bigote gris tras la puerta, se hallaba indeciso entre un corbatín color crema y uno color hueso, a los ojos de su esposa lucían exactamente idénticos, pero él insistía en las claras diferencias de ambas tonalidades.

-Pero mujer – exclamó con voz ronca – desde luego que lo veis todo mal, ¿Cómo podéis afirmar semejante atrocidad? Si las diferencias son palpables hasta para un ciego, haz el favor de iros a vestir y no volver a repetir nunca aquella terrible falacia.

Ella obedeció cansada. Aquella era la misma discusión de hacía más de quince años. No se le podía llevar la contraria al señor de la casa, y mucho menos perturbarlo con comentarios paradójicos a su manera de pensar, la vejez se las estaba cobrando, y la pobre Annette no tenía remedio para evitarlo.

El vestido salmón fue la decisión que tomó sin darle muchas vueltas, se ceñía a la cintura mediante un corsé a juego y en los volantes destacaban encajes del mismo color. No se preocupó mucho por el cabello, que recogió ligeramente con una peineta dorada a un lado de la cabeza, el resto de los risos dorados iban sueltos y despeinados.

Entró al salón ya iluminado por cientos de velas. Las doncellas habían realizado un trabajo excelente. Clemente la miró con aprobación mientras tomaba un poco de vino.

-Estáis algo pálida para mi gusto – manifestó con desdén – pero nada mal. ¡Ah, mira querida empiezan a llegar los coches con nuestros invitados!

El señor dispuso a los músicos contra la pared caoba, quienes se encargaron de tocar alegremente el piano de cola mientras los invitados arribaban al comedor. Uno a uno saludó a la señora dedicándole una amplia sonrisa, ella saludaba y los invitaba a sentarse a la mesa, mientras los cocineros colmaban de vino las copas de cristal.

El sonido alegre de la música en contraste con las conversaciones de los comensales hizo sentir a Annette un poco desdichada. A pesar de charlar con todos no sentía afinidad por ninguno, apenas y los conocía a través de su marido, más sin embargo no había llegado a ganarse el aprecio de nadie. La consideraban joven e inexperta. Si bien era cierto que su matrimonio resultó un acuerdo entre familias, y que con tan solo escasos  veinte años la entregaron a las garras de Clemente, quien le doblaba en edad, jamás se sentía tan melancólica como en las reuniones sociales que organizaba su señor.

La cena transcurrió con absoluta normalidad, Annette fue víctima de innumerables elogios por una comida en la que no participó, sin embargo se limitó a sonreír y agradecer con gusto.

Empezaron las tonadas y el vals, poco a poco las parejas se formaron y danzaron al compás de la música, con giros y ágiles vueltas. Clemente no bailaba nunca, quedaba retirado hablando con sus amigos sin prestar atención a los danzarines.

-Mi querida Annette – la sorprendió un hombre delgado de unos cuarenta años, cabello cobrizo y ojos dorados – os veo tan aburrida que sería un honor si me permite rescatarla de semejante disgusto.

Annette permaneció callada unos instantes, hacía años que no bailaba y temía perder el hilo en público. Por otra parte los magnéticos ojos del caballero pretendían decirle algo, los reconocía pero no recordaba de dónde. El calor se instaló en su pecho obligándola a titubear una respuesta inentendible. El caballero rio tomándola de la mano y guiándola hasta la pista de baile. Sujetó su cintura con firmeza y bailaron al son de los músicos.

De pronto volvía a ser joven y su silueta se movía con gracia y elegancia entre los invitados. Se olvidó de su marido, de las señoras que la miraban con desaprobación, del aire cortante, de todo. Sus pies volaron por la pista, acompañada el fuerte caballero que la tomaba con decisión, sin importar las miradas curiosas sobre ellos acercó sus labios hasta el oído de ella.

-Tus pies no han olvidado la canción que bailamos cuando niños fuimos – susurró – es una lástima que tu corazón sí me olvidara, puesto que el mío late con el mismo fervor que aquella mañana de invierno en que por primera vez besé a una mujer.

Annette se sintió enrojecer, casi tropieza pero su compañero la sujetó por lo que nadie notó el pormenor. No podía ser, los años transcurridos no borrarían el recuerdo de… él. Henri, el único que hizo volar sus sentimientos y la trato con cariño, quien le demostró pasión y además por poco tiempo la había hecho tan feliz.

Pero de esos días felices había pasado tanto, no podía permitir que su pecho latiera desbocadamente por unas simples palabras, no era correcto. Su cabeza no debía albergar pensamiento tan encontrados, mientras sus sentidos acababan por delatarla. Sus manos temblaban aferradas a él, los ojos contenían las lágrimas de nostalgia y a la vez una alegría inmensa se instalaba en su interior.

-Henri – dijo por fin – ¿Cómo has…? – no logró articular la pregunta.

Él sonrió complacido dejando ver sus hermosos dientes y dos agujeros apenas visibles en las mejillas. La hizo girar una y otra vez, deslizó su aliento por su delgado cuello, sus dedos rodeaban su cintura manejándola entre las parejas con enorme facilidad.

-He venido a raptarte – dijo él sin preocupación – no dejaré que vivas un segundo más encarcelada por ese viejo decrépito.

Ella se sintió torpe en sus brazos, no podía marcharse con él no era permitido.

-Clemente es un buen… hombre – replicó indecisa – además, no puedo irme, me necesita.

La música había cesado, caminaron hasta la ventana bajo la atenta mirada de los presentes.

-No me importa lo que digas, ya he esperado años, no pienso esperar un minuto más…

Henri se alejó hasta perderse entre la multitud. Annette confundida y alterada no sabía cómo reaccionar. Era lo que soñaba desde que la casaron, pero ahora entendía los riesgos y las consecuencias, le estaba prohibido escapar, aunque sonaba tan dulce y maravilloso… No, no podía irse, su decisión tenía que ser firme.

 

 

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