El tiempo de los elfos

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Las noches negras morían al albor de un llanto dormido bajo la lluvia, en el tenue resplandor de una luna moribunda. Los gritos resonaban apagados en el silencio, consumidos en la lejanía de lo eterno, en esos seres de luz que tendían a lo eterno.

Las profecías sonaban y las canciones se apagaban, la muerte se extendía como el augurio presagiado durante las conquistas de aquellos reyes sin trono, de las reinas que se dormían tendidas junto al arroyo.

Los cascos de los caballos resonaron contra el húmedo empedrado. La oscuridad apaciguaba los tenues miedos que se sumían en el tortuoso batir de su corazón. Las puertas se abrieron y un par de caballeros la recibieron, llevaban el emblema dorado al pecho, los petos limpios y las capas reluciendo. No inclinaron las cabezas, no manifestaron la dicha de volver a verla, después de todo no era bien recibida en aquel palacio del olvido.

-¿Dónde se encuentra mi hermana? – Inquirió Lena al tiempo que dejaba caer la capa en el suelo.

Un grito fue respuesta suficiente para su interrogante. Intentó abrirse paso, pero los dos hombres se lo impidieron cortando el camino. Nada había cambiado, las estrictas reglas y los formalismos continuaban como una muralla indescifrable, esa tan grande y alta que aun la separaba de su familia.

Su padre apareció en las escaleras,  enfermo, con la piel grisácea pegada a los huesos, con el cabello ralo y los ojos desorbitados. La observó sin mirar, sin percatarse de esa hija perdida que ahora volvía a sus brazos, a compartir su carga, a aliviar su dolor. El rey de los elfos había perdido su magia, ya no poseía aquellos dones y la sabiduría que lo habían convertido en canción, solo quedaban las ruinas de un hombre poderoso, solo quedaba el dolor.

-Padre – Se acercó hasta él tomando su pequeña mano entre las suyas – Soy Lena, he vuelto.

Los ojos de él se esforzaban en vanos intentos por reconocerla. Le tomó algunos minutos poder ver a través de la suciedad y el largo cabello a su hija pequeña.

-Lena – Susurró a punto de desfallecer – Eres tú… Vuestra hermana – Miró por las escaleras con las palabras agolpadas en la garganta – Sufre, sufre terriblemente, eres la única que ha vuelto, por ella y por mí.

Lo sabía, ella no podía decirle todo lo que había visto en el mundo, pero sabía que el reino de los elfos estaba destinado a un terrible fracaso.

-En el camino no vi guardias, no queda nada.

-Lo sé, estamos solos ante una guerra que no es lo que parece. No existen batallas, no hay luchas. Ellos solo vienen, nos quitan la comida y nos dejan el hambre, se llevan a nuestra gente. No podemos hacer frente a una amenaza que nos llevará a la extinción – El hombre hablaba con el sentido disipado, con la mirada dilatada y las manos temblando – No hay luchas Lena, todos tenían razón, es mi falta de razón lo que nos ha llevado a la muerte.

Ella solo podía sujetar su mano e intentar compartir su carga. Su padre había cometido muchos errores, había desterrado a sus hijas, a sus hombres. Y ahora Lena volvía como una tenue promesa, como el alivio para la ponzoña que sentenciaba a ese viejo rey.

-Llévame con ella – Pidió.

Pudo ver como su padre ahogaba las lágrimas y caminaba escalera arriba.

El palacio se había convertido en sombras, en oscuridad, en silencio. Ya no quedaba el esplendor de días mejores, solo quedaba el resultado de las malas decisiones.

Avanzaron por el ancho pasillo hasta llegar  a una alcoba pequeña. Sobre la cama estaba tendida una figura pequeña, era su hermana Kara, famélica e irreconocible, la que se debatía entre el mundo de las tinieblas.

-Kara – Susurró con el dolor latiendo en su pecho – ¿En qué os has convertido?

Su padre ahogaba gritos en lágrimas de sal. Su hermana no podía responder, su mano helada caía descuidadamente en el borde del lecho, era tarde para obtener respuesta. En un segundo había partido para no volver nunca antes, sin despedida, sin un sutil adiós.

Lena miró a su padre convertido en un cobarde, todo aquello era culpa de un hombre insensible que en su momento no supo cuidar lo que tenía.

Llegaron las doncellas dispuestas a lavar el cuerpo que al día siguiente entregarían a las llamas.

¿Qué buscaba ella en un lugar que solo le causaba dolor? Buscaba la redención, encontrar alivio a esa culpa que la había acosado durante su marcha. Era la única que quedaba de sus hermanas, todas ellas habían sufrido un destino horrible, excepto ella. Por eso no era una princesa, por eso no se había quedado para ser testigo de la muerte de otros, se había entregado a los viajes, a la guerra, a encontrarse con el alma que dormía en su cuerpo.

Y cuando había pensado que encontraba la libertad, volvía para recordar. Aquellas memorias que sepultaba en su interior, cobraban vida para atormentarla nuevamente. Es que en ese reino habían existido tantos elegidos, vestidos de gloria, de fama, dispuestos a librar batallas, que al final se convertían en farsantes, en mentirosos que cada día, cedían sus tierras a nuevos invasores, y su padre creía en ellos, antes que en nadie, por eso, ya no existía el reino. Por eso, se entregaban al olvido, a la marcha que pronto los llevaría a escapar de un turbio futuro.

Ella se aproximó hasta el hombre que lloraba con amargura en un rincón, quiso abrazarlo pero perdía las fuerzas que la habían llevado hasta ese lugar. Los ojos de él se entornaron al comprender lo que su hija pretendía.

-Así que, después de todo no existe el perdón – Murmuró casi para sí mismo.

-Existe padre, y por eso vengo a salvaros, porque destruiste todo lo que conocíamos y la única manera de salvaros es esta – Alzó el puñal que sujetaba en la mano – Mis hermanas han sido solo las víctimas más cercanas, pero si pudieses salir a contemplar el mundo podrías observar los restos que aún quedan de vuestro pueblo.

-¿Es venganza? Solo buscas fama, canciones, convertirte en reina.

-No, una traidora exiliada jamás ambicionaría con tales cosas, no soy una heroína, solo anhelo la libertad…

Y afincó el golpe que acababa con una monarquía de pesar. El hombre se dejó llevar por la bruma, arrastrado por sus errores, condenado a sus pesares. Lena sabía que su traición era imperdonable, pero no podía menos que otorgar el golpe, ese que esperaba pudiese ofrecer un poco más de libertad a su pueblo. Después de todo, el final estaba cerca, solo disponían de aquello más preciado por lo elfos de la noche, tiempo.

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