Encuentro clandestino

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Las gotas caían suavemente como una cascada de cristales rotos, mientras unos finos rayos de sol se colaban a través de las colinas verdes. Lía alzó el rostro cubierto por la lluvia, sus ojos divisaron el horizonte difuso, perdido en medio de la torrencial tormenta. Iba vestida por unos viejos pantalones y unas botas de cuero que le llegaban a las rodillas. Su hermana, Altea, quien distaba mucho de usar algo similar, llevaba un inmaculado vestido lila a juego con sus ojos violeta. Como una ninfa se movía con dificultad bajo los árboles, danzando sobre las hojas caídas, murmuraba para sí misma,  parecía concentrada en buscar algo importante.

Por fin parecieron dar el paso correcto, los ojos de Altea se iluminaron centelleando bajo el atardecer. Tomó la mano de su hermana y la besó, era el punto clave en el que no podía retroceder, por muy difícil que resultara ya había tomado una decisión. Se aproximó a la madera dejando que un resplandor plateado la envolviera hasta desaparecer por completo, un rugido penetró en el aire para dar paso a un sordo silencio quebrantado por el viento. Altea había desaparecido, engullida por la luz celestial atravesó las fronteras de lo conocido, ahora se encontraría en el mundo de los muertos, esperaba liberar la espada de Donn y regresar a través de la puerta secreta.

La tarea de Lía no era menos complicada, avanzó con paso firme, podía sentir el corazón martilleando en su pecho frío. Pasó una pierna por encima del caballo y se marchó galopeando sin volver la vista atrás ni por un segundo.

Llegó a un enorme palacio tallado en una montaña rocosa, era una estructura asombrosa a la cual se ascendía a través de unas grutas elevadas que llevaban hasta la parte central. El miedo la embargó por un segundo, cubriendo sus ojos con un velo negro, agazapándola en medio de un profundo terror al que esperaba no sucumbir. Desechó la idea de huir de allí, otros pensamientos la mantenían aturdida, tendría que encontrarse con Helia, la diosa de los muertos, esperaba lograr liberar a su padre y aquella era la única alternativa posible.

La oscuridad le dio la bienvenida cuando se sumergió en las oscuras cavernas. La humedad mantenía aire frío y el rocoso suelo resbaloso. Descolgó la daga del cinto, las esmeraldas de la empuñadura brillaban en la absorbente oscuridad. Un golpe en la espalda la hizo caer de boca lastimándose las rodillas y las manos, algo la tomó por los brazos obligándola a levantarse, forcejeó y pataleó intentando movilizar a su oponente, pero al ver la luz dibujando sus facciones soltó el aire de los pulmones  casi desfalleciendo en el instante, la oscuridad la embulló arrastrándola a las aguas de la inconciencia.

-¿Está muerta? – inquirió la voz de una mujer.

-No seas idiota, solo fue una contusión – respondió un hombre – ya ves, ahí está, ya despierta.

Lía sentía la cabeza y los brazos entumecidos, un sabor ácido le corría por la boca. Abrió los ojos con dificultad intentando despejar sus pensamientos. ¿Dónde estaba? Intentó sentarse pero un mareo la detuvo. Unos ojos dorados la seguían a través de unas enormes pestañas, una joven con apariencia de muñeca vendaba las heridas de sus manos.

Se levantó del golpe al percatarse de quien se encontraba junto a la pared, estuvo a punto de desvanecerse pero logró sujetarse a tiempo de la chica. Era él, la veía con su perfecto rostro, con los brazos fornidos cruzados sobre el pecho, mientras una sonrisa irónica se dibujaba en sus bellos labios. Se acercó, él estuvo a punto de abrazarla, pero se lo impidió golpeándole la cara. El joven no parecía en absoluto sorprendido, al contrario esperaba esa reacción, echó una carcajada tomando  a Lía forzosamente por el brazo hasta hacerla sentar, le tendió una copa con un líquido verdoso ordenándole beber. Ella se lo tiro en la cara.

-Estabais muerto – le grito furiosa – ¿Cómo me hiciste creer semejante mentira? ¿Tenéis idea de lo que he sufrido?

Él volvió a llenar el recipiente tendiéndolo con mayor amabilidad, esta vez lo sostuvo mirándolo fijamente.

-Pero querida – habló con gesto despreocupado – os creía una máquina sin sentimientos, no creí que mi muerte os afectara de ningún modo. Además no tenía alternativa. Helia me retuvo a la fuerza, hace unos meses logré escapar y con ayuda de Lugh – hizo un gesto a la chica que sonrió ampliamente.

Lía dejó que el cabello le ocultara el rostro, no quería llorar en presencia de él, bastante había perdido ya, como para ahora creer recuperar algo que no merecía luchar. Remo percibió su contrariedad, también sentía la proximidad de ambos como un evidente peligro, jamás lograban estar en paz demasiado tiempo, y menos cuando tantos sentimientos volaban en el alma de Lía.

-Lugh déjanos solos por favor – pidió, y la chica abandonó la amplia sala de inmediato.

Él se aproximó acercando su mano a la de ella, esta vez no intento retirarla al tacto. Aunque no deseaba admitirlo, aunque se juraba que no lo necesitaba, lo extrañaba con toda su alma, el verlo vivo le devolvió una pequeña parte extraviada de su ser, la complementaba, le adoraba.

-Sé que buscas a vuestro padre, pero debes desistir Lía – acercó su rostro al de ella – murió – ella reprimió un grito intentando ser fuerte, en el fondo lo había sabido siempre – lo he lamentado desde que lo sé, y ya nada puede cambiarlo. Es momento de marcharnos lejos, intentemos ser felices…

No logró concluir la frase, sus bocas se encontraron en un beso profundo, embriagándose de amor, dejándose llevar por un dolor que hacía tanto consideraban olvidado. El fuego lo había marcado, estaban hechos el uno para el otro, se complementaban como un elemento clave, la eternidad estaba hecha para reunirlos en todas sus formas. Ya nunca la perdería de nuevo, no dejaría que se fuera…

-¿Qué quieres ahora? ¿marcharnos? – preguntó él con gesto cariñoso.

-Venganza – y sus ojos brillaron de odio, de un odio arraigado que no podía despegarse de su ser, la eternidad tendría que esperar, primero debía limpiar su alma.

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