Elrick el poderoso mago negro

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Las noches frías azotaban con furia inclemente el corazón sombrío de Eilella, recluida a los injustos sufrimientos de un hombre infame, quien, vanidoso y deseoso de poseer tan bella criatura, la encerró en un espejo azul del que nunca podría escapar.

Elrick, el poderoso mago negro, acudía cada noche a la torre esperando obtener una respuesta sumisa de la dama, pero, al ver sus ojos inundados de odio volvía la vista atrás, presa de una cólera cruda, le juraba que pasaría mil años más antes de alcanzar la anhelada libertad.

El gélido cristal acariciaba los dedos masacrados de Eilella, confinada al encierro no veía el final de aquello. Su vida se cegaba por una rabia negra, desterrándola de sentimientos piadosos a un hombre desalmado, sin duda, su maldición era aquella promesa injusta susurrada por su padre. Un rey de Oriente, que al nacer su última hija juró que al ver caer el imperio medio, él la entregaría a los hombres de la noche, haciendo un pacto silencioso con el mago negro.

Sus artes eran malignas, ella había visto el poder de la muerte arrastrado por sus manos duras, había visto el nacer de las sombras, el ocaso de la luz… Una vida árida de invierno, donde nadie volvería a los días calorosos y al rocío dulce del alba.

Los vientos soplaban con ímpetu forzado, demorando la llegada del terrible hombre, los días no tardaban en aparecer, siempre cargados de ventiscas  grises, los crímenes de la humanidad penaban en aquel cristal marchito, Eilella los veía vagar tras de sí, cargando a cuestas castigos duros malversados sucumbidos por los años.

Tras el cristal de plata se asomaba la niebla negra, el sol nunca entregaba un diminuto rayo, mientras ella, esperaba en vano una promesa de salida del penoso lugar. Elrick aparecía cada mañana sin falta, cargaba su larga túnica violeta y pretendía obtener su favor sin esperar nada a cambio. La negativa siempre era igual, él gritaba y maldecía jurando arrancarle del pecho el frío corazón de hielo, para luego marcharse abandonado en planes malvados, encargándose de llevar las tormentas por el mundo desierto.

Una noche, la luna se alzó en lo alto con su luz de plata, iluminando el reflejo de Eilella en el espejo, entonces unos pasos quedos resonaron en la distancia, temerosa de encontrar al mago en absoluta penumbra, se echó a la arena fingiendo dormir. Una figura de oro se dibujó al pie de la escalera, un hombre de rostro tozudo atravesó el umbral sin saber a lo que enfrentaba, ella convencida de que no podría verle, alzó el rostro perturbada tras encontrar una pequeña luz a su entorno. Pudo divisar con increíble precisión los rasgos duros y marcados del visitante, la melena rubia cayendo sobre sus anchos hombros, los ojos grises como la luna, no era atractivo, y sin embargo cuanta gentileza desbordaba sus sutiles movimientos de vientos, cuan agradecía se sentía por poder obtener un rostro diferente al acostumbrado Elrick.

Ella posó sus manos en el cristal esperando sentir el calor del desconocido, imaginaba que no la vería, era imposible que alguien observara en la oscuridad reflejada en la superficie gastada, pero él notó el roce suave de las lágrimas, y sin quererlo apoyo el brazo disipando toda la niebla del alrededor. Un rayo dorado envolvió la pequeña torre, devolviendo la luz a las viejas antorchas, devolviendo la llama viva a Eilella.

Él se llamaba Raleth, era un guerrero del sol, de los pocos que aún quedaban vivos desplegando su lucha imperecedera contra los terribles hombres de la noche. Acudía sin falta a la torre cada tarde esperando encontrarse con Eilella, por mucho que deseara darle libertad no encontraba una solución, romper el espejo le otorgaría la muerte sin dudar, sin mencionar que Elrick cada día se volvía más duro y poderoso.

Eilella sentía un profundo agradecimiento hacia el visitante, gracias a él, ya no convivía en plena soledad y el silencio se hacía soportable, los males parecían ser menos frecuentes cuando llegaba a la torre, pero lamentablemente, los instantes juntos ya no eran suficientes, necesitaba salir del espejo, alcanzar su libertad y vivir en la dicha del mundo. La prontitud de sus almas les regalo el calor del júbilo, entonces Raleth se decidió a enfrentar el destino, esperando alcanzar el amor de Eilella.

-¡No podéis hacerlo! He visto su fuerza y es incontenible – suplicó ella intentando hacerle desistir – además, la palabra de un rey es inquebrantable, y mi padre me entregó a buen juicio, no hay nada que podamos hacer.

Las ansias de Raleth se aplacaron, pero ella leyó en sus ojos que no pensaba desistir, y en cierto modo prefería enfrentarse a quedarse recluida al olvido de la noche.

Elrick continuaba sin imaginar que su víctima poseía alguien que la llenaba de luz, aunque intuía un cambio en la bella joven, jamás alcanzó a esclarecer el amor en sus grandes ojos pardos.

Pero los secretos no quedan confinados en labios ajenos, y pronto, el terrible hombre descubrió el engaño, y furioso, se abalanzó a sorprenderlos. Raleth y Eilella se encontraban juntos a cada lado del cristal, de sus bocas no escapaban más que los miedos contenidos, que instantes después se materializaron frente a sus ojos. Elrick apareció echó una saña con la nariz serpenteante y los ojos rojos de peste, sus manos engarzaban una hoz enorme que blandía en el viento sin temor.

Raleth se movió con prisas evitando el filo del arma, la luz centelleaba a sus espaldas mientras los filos chocaban. Ella casi podía ver la muerte ante sus ojos, mientras el corazón le latía con desespero aferrándose a su pecho. El baile de las espadas descendía ante sus ojos, en una igualdad imprecisa que le carcomía los nervios, sin saber que hacer, se movió confundida implorando a los cielos una breve señal, algo que le sirviera de ayuda.

Divisó a lo lejos la luna brillante, las estrellas se movían en silencio tendidas como un puente de acero, sus pies alcanzaron las aguas, de sus manos brotaron luces encandiladas proyectando vida en los campos, los hombres se alzaron entornando los ojos justicieros, ya los magos no gobernarían y la luz triunfaría. Solo faltaba Elrick, vio  a Raleth tendido en los suelos con un hilo de sangre colgando del mentón, casi al borde de la inconsciencia, el cristal tembló bajo sus dedos, ni la promesa del rey más poderoso de la tierra del invierno la haría padecer bajo la superficie fría.

Cientos de estrellas brillaron bajo sus manos, mientras el fuego implacable barría la torre en pedazos, el cristal se fundió en la corriente, estallando como la lluvia en el verano, Elrick la observó y supo que era el fin de su reinado, la larga espada descendió sobre su cuello convirtiéndolo en vagas cenizas de viento, arrastrando sus gritos al destierro.

El sol brilló al alba y las flores se alzaron en calma, Raleth se levantó abrazando a Eilella, disfrutando del aroma de su cabello, degustando las miles de sensaciones que recorrían su cuerpo, finalmente estaban juntos, y los hombres de la noche no serían más que tristes recuerdos.

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2 respuestas a Elrick el poderoso mago negro

  1. Jose Baena dijo:

    Hola. Llevo siguiendo tu blog desde hace tiempo, pero hasta ahora no he publicado comentarios porque leía tus historias desde mi correo electrónico. Me gustan mucho, por su fantasía y porque sus tramas y personajes son muy buen@s. Saludos.

    • vane259 dijo:

      Gracias, no había respondido antes porque tenía la pc dañada. Espero que continúes disfrutando del blog, siempre es agradable recibir las opiniones de quienes me leen, me animan a seguir y mejorar cada día más. Saludos.

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